Lecciones de la recaptura de El Chapo

La tercera captura de Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, se ha convertido en la historia delincuencial más célebre de nuestros tiempos. Lejos de pretender contribuir a la apología de dicho personaje, este caso desde un análisis político deja muchas lecciones que ...

La tercera captura de Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, se ha convertido en la historia delincuencial más célebre de nuestros tiempos. Lejos de pretender contribuir a la apología de dicho personaje, este caso —desde un análisis político— deja muchas lecciones que destacar y reflexionar.

En primer lugar, demuestra que cuando las cosas se hacen de manera correcta, el Estado mexicano es capaz de hacer lo que tiene obligación de atender. La investigación, búsqueda y reaprehensión del narcotraficante más importante en el mundo fue un éxito rotundo.

Las fuerzas armadas, policiales y de procuración de justicia dejaron evidente que tienen la capacidad y recursos necesarios para poder responder ante los grandes desafíos. Frente a nuestra sociedad y la comunidad internacional demostraron su eficacia y fortaleza.

Lo segundo es, si tenemos evidencia de los recursos del gobierno y sus potencialidades, ¿cómo se puede entender que se haya fugado en dos ocasiones de penales, que se supone son de alta seguridad?

Ello debe llevar a una seria recomposición de las políticas públicas, respecto del tema de readaptación social y seguridad nacional. La investigación evidenció múltiples faltas a las normas de la materia: relajación de protocolos, visitas excesivas, privilegios, falta de vigilancia y demás cosas, que han facilitado las dos fugas del enemigo público número uno.

La tercera es la impostergable necesidad de revisar cómo frenar el poder corruptor del dinero dentro de las cárceles. No basta ver sólo este caso de manera aislada, puesto que conviene recordar que una parte importante de las llamadas de extorsión y amenazas a la ciudadanía tienen su origen dentro de las prisiones, cuando se supone que los internos están privados de las libertades.

La cuarta es que estos problemas no se van a resolver con la extradición del reo. De inmediato muchas voces y la justicia norteamericana claman porque se entregue al delincuente. De manera independiente de las implicaciones políticas, su entrega representaría el reconocimiento tácito de la imposibilidad e ineptitud del gobierno mexicano para poder castigarlo con nuestras propias leyes e instituciones.

Que se sepa que no podrá volverse a fugar el sinaloense, porque lo tienen los vecinos del norte, puede dar alguna tranquilidad; pero ello no significa que el Estado esté aprendiendo de sus fracasos para enmendar sus fallas y debilidades. No es El Chapo, son todos los demás reos peligrosos. No es el penal de El Altiplano, es todo el entramado penitenciario.

La ciudadanía estaba muy indignada por la impunidad dentro del Estado. En esta ocasión se evitó que la delincuencia se saliera con la suya. La reaprehensión de este personaje funesto debe ayudar a terminar con el esclarecimiento de todos los que hicieron posible su segunda escapatoria, extirparlos del sistema y castigarlos.

Los valores sociales y éticos están de plácemes. La captura de El Chapo significa que el delincuente más sanguinario y peligroso está nuevamente bajo prisión. Su capacidad corruptora criminal terminó fracasando. Seguramente habrá una escalada de violencia y asesinatos para vengarse, pero triunfó el bien sobre el mal.

Como Corolario, es bueno recordar lo que decía el filósofo chino Confucio: “El mal no está en tener fallas, sino en no tratar de enmendarlas”.

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