Los discursos de odio no son contagiosos

MITO Los discursos de odio no son contagiosos. La salud de los individuos incluye no sólo el estado físico, sino también el mental, y uno de los problemas que vivimos en la actualidad es la reiterada presencia de mensajes de odio que se han multiplicado en todo el mundo, ...

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

MITO

Los discursos de odio no son contagiosos.

La salud de los individuos incluye no sólo el estado físico, sino también el mental, y uno de los problemas que vivimos en la actualidad es la reiterada presencia de mensajes de odio que se han multiplicado en todo el mundo, México incluido; ante esos discursos y sus consecuencias, que vemos todos los días, hay quien insiste en que no tienen repercusión en la mente de quienes los escuchan porque “no son contagiosos”.

CONSECUENCIA

Las consecuencias las vemos todos los días: informes periodísticos de violencia y muerte de niños, adolescentes y adultos, múltiples videos en la televisión abierta y en las redes sociales que se repiten constantemente con hechos de odio multitudinarios que corean quienes los presencian; la salud mental de tales individuos está profundamente deteriorada y la salud social se afecta.

REALIDAD

Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que nunca habíamos escuchado tantos discursos de odio ni habíamos visto tal violencia verbal y física en todos lados, y esto se debe, en gran parte, porque las características de los actos verbales de odio son dispersivos, contagiosos y emocionalmente efectivos, y suelen ser deshumanizadores: el “otro” pasa a ser una cosa, además, crean “ecos” en quienes los oyen o los ven, y por eso llegan a ser contagiosos.

Con relación a esto, ya desde el siglo XVIII Voltaire señaló en uno de sus textos: “Cuando el odio y el fanatismo han gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable”. Y, en la actualidad, los investigadores y sociólogos han diseñado experimentos para saber si las palabras podrían ser suficientes para activar “simulaciones” en los sistemas neuronales motrices, perceptuales y emocionales, y confirman que escuchar expresiones de odio predispone nuestro cerebro a cometer actos de esa naturaleza. Los ejemplos están ahí: las peleas y luchas encarnizadas de jóvenes estudiantes, los ataques, secuestros y muertes de miles de individuos inocentes, las escenas lamentables de incendios de comercios y la “quema pública” de la efigie de una alta funcionaria del Poder Judicial, coreada por cientos de ciudadanos.

Frente a esto no podemos permanecer indiferentes; el respeto a la vida y a la libertad de los seres humanos se debe inculcar desde la infancia, en la escuela se definen las bases de la convivencia en armonía, el respeto a las opiniones diferentes, la inclinación a concertar en lugar dividir y, sobre todo, el respeto a la vida humana.

En esa tarea debemos participar todos: maestros, educadores, funcionarios menores y mayores, comunicadores, escritores, hombres públicos, líderes de opinión, incluso altos funcionarios con cargos importantes en la administración para impedir que estos daños mentales de la población aumenten y disminuya la violencia en todas sus formas.

Somos responsables no solamente de nuestros actos, sino de las posibles consecuencias que pueden tener nuestras palabras o nuestros silencios en la sociedad en que vivimos. No podemos seguir indiferentes ante los discursos de odio, vengan de donde vengan.

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