Contra el odio, el amor
Regala una sonrisa y el mundo cambiará. J. Sarto Mi querido viejo, no me negarás que estamos viviendo una etapa de la vida que nunca imaginamos, presenciamos cambios en nuestro país y en el mundo que nos inquietan, nos desalientan, nos entristecen; tal parece que el ...

Rafael Álvarez Cordero
Viejo, mi querido viejo
Regala una sonrisa y el mundo cambiará.
J. Sarto
Mi querido viejo, no me negarás que estamos viviendo una etapa de la vida que nunca imaginamos, presenciamos cambios en nuestro país y en el mundo que nos inquietan, nos desalientan, nos entristecen; tal parece que el odio se ha apoderado de la humanidad entera, porque las guerras, que siempre han existido, son ahora más cruentas y dejan a millones de seres humanos en la miseria, con hambre y enfermedades.
Debemos reconocer que tanto en nuestro país, como en el mundo, ésta es una más de las muchas etapas que ha vivido la humanidad en las que todo parece acabarse, en la que los villanos se alzan triunfadores, las leyes son pisoteadas, hay miedo, sufrimiento, dolor y muerte en muchas familias, pero también debemos recordar que la capacidad del ser humano para remontar la adversidad siempre le ha permitido superar los problemas y hacer que renazca la cordura y el bien.
En relación con México no te digo nada que no hayas visto, oído y vivido, en carne propia o a través de los medios informativos, que muestran el caos en que vivimos. Contra eso, querido viejo, contra las malas noticias, contra la mentira, la infamia y el creciente odio que parece que se respira en el ambiente, sólo hay un antídoto: el amor.
Ciertamente, nuestra reacción inmediata ante lo que vemos y vivimos es el rechazo, la reclamación y la denuncia, pero las autoridades parecen sordas ante los reclamos; si sólo hacemos esto, perderemos tiempo, tiempo que podríamos usar para algo diferente, como participar activamente en los grupos que tienen planes para cambiar y mejorar a México, y prepararnos para votar cuando lleguen las elecciones; y al mismo tiempo expresar el amor a nuestros seres queridos, a nuestros amigos, a nuestros viejos compañeros de escuela, a nuestros vecinos, a todos los que nos rodean.
Porque tú sabes bien que nosotros los viejos necesitamos del amor, el contacto físico y las caricias, tanto como los niños o los jóvenes, y necesitamos expresar ese amor para alejar los demonios del rencor y el odio que nos rodea y que nos pueden llevar a la depresión, al aislamiento, al insomnio y a la enfermedad; por eso, si encontramos a un amigo o compañero de la infancia solo o deprimido, si tomamos sus manos entre las nuestras, brotará una corriente de simpatía y de bienestar para ambos, y eso ni diez presidentes nos lo podrán quitar.
Venturosamente, nuestra cultura es táctil, el saludo afectuoso, el “apapacho”, (que, como sabes, en náhuatl significa “abrazar con el alma”), el abrazo y unas palabras de aliento, de compañerismo, de amor, son parte de nuestra manera de ser, y además, querido viejo, no olvides que el mundo da vueltas, y que ese señor ignorante y prepotente, como decía mi tía: “en su salud lo hallará”.