Pensar a la UNAM (II)

Al hacer una reflexión sobre la Universidad Nacional Autónoma de México es bueno tomar en cuenta los logros que describí en mi artículo anterior, que no son pocos, pero es necesario señalar los aspectos en los que tiene problemas, de otra manera esta reflexión sería parcial e injusta.

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

La UNAM ha envejecido, esto es evidente, no sólo en algunas de sus instalaciones en escuelas y facultades, que requieren remozamiento, sino también en sus cuadros académicos; algunos  maestros y jefes de departamento tienen mucha edad, lo que en sí no es problema porque son maestros respetables, pero se convierte en obstáculo si no actualizan sus planes de estudio e ignoran los avances científicos; hay directores y coordinadores de estudios que desean modernizar los planes de estudio, pero algunos maestros se aferran a las técnicas y conocimientos de antaño, y eso impide que los alumnos tengan información útil para su carrera profesional.

La UNAM tiene un sistema administrativo complicado y lento; hoy se puede comprar un boleto de avión o hacer un depósito monetario a través de un teléfono móvil, mientras que para muchos trámites universitarios, tanto de alumnos como de profesores, es preciso acudir personalmente, se pierden muchas horas y se gastan cantidades industriales de papel.

La UNAM tiene aún deficiencias en la enseñanza, y eso comienza desde los estudios preparatorios: hay alumnos que entran a la licenciatura sin saber leer ni escribir y sin comprender lo que leen, y el problema aumenta cuando en algunas escuelas y facultades se sigue apelando a la memoria y no al razonamiento; cierto, hay muchos maestros que se preocupan por enseñar a pensar a sus alumnos —yo agradeceré siempre a aquellos maestros que me enseñaron a usar las celulitas grises del cerebro—, pero lo que vemos en jóvenes ya recibidos que acuden al curso de posgrado no es muy alentador.

La UNAM ha permitido el crecimiento irregular de la burocracia universitaria; las funciones de diversas áreas se superponen o incluso se oponen y esto en ocasiones es fruto de los cotos de poder administrativos que entorpecen el funcionamiento universitario; si a eso se une la actitud indolente de algunos empleados que retrasan por semanas la elaboración de documentos, tratan mal a los alumnos y maestros sin que alguien pueda decir algo, el resultado es el que vemos todos los días.

La UNAM no tiene previsto de manera suficiente el crecimiento social y económico ni de sus maestros e investigadores ni de sus egresados; el académico que se quemó las pestañas durante seis años y luego otros tres para conseguir una maestría y tal vez otros más para obtener un doctorado no tiene por eso la recompensa que merecería, sus emolumentos en la UNAM son limitados y las posibilidades de que se inserte en el mundo real son pocas; eso explica la fuga de cerebros que todos conocemos.

Por otra parte, el joven profesionista que sale lleno de ilusiones con su diploma en la mano no tiene oportunidades de trabajo y esto tiene dos explicaciones: si optó por una carrera “tradicional” como médico, como el sistema de salud nacional está rebasado, no hay lugar para él sino en un consultorio del doctor Simi donde ganará menos que un lavacoches, y si optó por una novedosa carrera, la UNAM no ofrece suficiente apoyo o ayuda para que se inserte en la industria o empresa que lo puede contratar.

Esto es de la mayor trascendencia, no sólo para la UNAM, sino también para México; ni la UNAM ni el país pueden seguir pensando que “como México no hay dos”, como cantaba Jorge Negrete; el país entero se ha rezagado y la falta de relación académica, científica, de investigación y de innovación con instituciones y empresas de todo el mundo lo colocan en un triste lugar en el concierto internacional.

Otras instituciones, el Tec, el ITAM, la Ibero, etc., han logrado una integración dinámica entre sus alumnos y las industrias o empresas que mueven al país, lo que aún no ocurre de manera suficiente en la UNAM; cierto, se han creado importantes polos de desarrollo cada vez más activos, y ya es evidente la internacionalización de la UNAM con las denominadas Sedes de la UNAM en el extranjero, pero aún hay mucho camino por recorrer.

Estas carencias de la UNAM, unidas a otros problemas, como la persistencia de cuevas de delincuentes y narcotraficantes dentro de las propias instalaciones de la Ciudad Universitaria, podrían llevar al pesimismo, pero la UNAM es un ente vivo y vibrante, sus logros en estos últimos años son significativos, y creo firmemente que tiene el potencial para ser el verdadero motor del desarrollo académico, científico y económico del país, pero ése será el tema de mi próxima columna.

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