Estados Unidos: el antiestablishment

Señal de los tiempos que vivimos, los partidos tradicionales en diferentes partes del mundo están batallando por mantener su hegemonía. En España, el PP y el PSOE perdieron gran parte de su electorado, en los más recientes comicios generales, ante formaciones ...

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

Señal de los tiempos que vivimos, los partidos tradicionales en diferentes partes del mundo están batallando por mantener su hegemonía.

En España, el PP y el PSOE perdieron gran parte de su electorado, en los más recientes comicios generales, ante formaciones políticas novísimas: Ciudadanos y Podemos.

En Estados Unidos, lo más interesante del proceso para renovar la Presidencia –que culminará con las elecciones de noviembre entrante– es que dos candidatos surgidos de los márgenes de la política han llegado para dominar la discusión en estos tiempos de precampaña: Donald Trump, por la derecha, y Bernie Sanders, por la izquierda.

Aunque representan cosas muy distintas, Trump y Sanders tienen en común el planteamiento de un reto a los políticos tradicionales.

Ambos han mostrado la capacidad de aglutinar a quienes no están conformes con la marcha del país y responsabilizan a los políticos tradicionales de la paulatina erosión de su visión idílica de la sociedad estadunidense.

La primavera pasada, cuando lanzaron sus respectivas campañas en pos de la Casa Blanca, Trump y Sanders parecían no tener mayores posibilidades de incidir en el debate.

Sin embargo, ambos capturaron la atención con discursos que muy pocos personajes de primera línea se hubieran atrevido a pronunciar públicamente.

El empresario ultracapitalista y el senador de ideas socialistas abandonaron los contenidos y los modos aceptados socialmente y, sin pedir perdón por sus dichos, dieron voz a los sentimientos que muchos comparten, pero no se habían atrevido a expresar.

Trump ha decidido ir en busca de los votantes que comulgan con el nativismo conservador, quienes sostienen que los valores fundacionales de Estados Unidos están bajo asedio de liberales e inmigrantes.

Sanders abreva en el resentimiento de quienes han visto mermado su poder adquisitivo y culpan a los agentes económicos englobados como “Wall Street” del crecimiento de la desigualdad en el país.

En medio, aplastados por el empuje de estas dos campañas, los políticos tradicionales de los partidos Republicano y Demócrata luchan por sobrevivir.

En el primero, Trump despuntó desde un inicio en un numeroso contingente de aspirantes, formado por personajes de abolengo, como Jeb Bush, y algunas estrellas en ascenso, como Marco Rubio.

En el segundo, Sanders ha ido pacientemente en persecución de la favorita, la exprimera dama Hillary Clinton, al punto de estar peleando hombro con hombro la nominación.

Hace un año, el consenso indicaba que veríamos en 2016 una nueva contienda entre representantes de las dinastías Clinton y Bush, pero Trump y Sanders han persistido en acaparar la atención. Desdeñados en un principio por los medios, ambos se han convertido en tema de conversación.

Algunos analistas han apuntado que la base de su éxito estriba en que ambos han abierto la puerta a los disidentes del sistema político y que, al poner en el escenario ideas que antes pocos se hubieran atrevido a expresar –por temor a ser percibidos como extremistas o políticamente incorrectos–, han impulsado a otros a sincerarse.

Eso ha llevado a millones de estadunidenses a gritar cosas que quizá antes sólo se hubieran atrevido a decir en su casa a la hora de la cena.

Con ello, Trump y Sanders han contribuido a la legitimación de posturas antes proscritas, trátese de llamados a la colectivización más utópica o al individualismo más ramplón.

Lo que Trump y Sanders tienen en común –además de su oposición a los tratados de libre comercio– es el destape del discurso contenido por la corrección política.

También se han convertido en motivo de esperanza y cambio. Sus seguidores los perciben como líderes que se preocupan por sus necesidades, algo que, sin duda, consiguió Obama en 2008.

El 1 de febrero arrancará la temporada electoral con las asambleas partidistas en Iowa. Entonces tendremos una muestra del potencial que tiene esta amenaza al establishment político estadunidense.

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