El dedo de los gobernadores

Mientras el país está distraído con la recaptura de El Chapo Guzmán, y el PAN y el PRD discuten en cuántos estados irán en alianza en los comicios estatales de junio próximo, el PRI está dedicado a afinar los amarres internos para asegurarse la mayoría de las ...

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

Mientras el país está distraído con la recaptura de El Chapo Guzmán, y el PAN y el PRD discuten en cuántos estados irán en alianza en los comicios estatales de junio próximo, el PRI está dedicado a afinar los amarres internos para asegurarse la mayoría de las gubernaturas en disputa.

Ya está definido quiénes serán los aspirantes tricolores en Durango, Chihuahua y Tlaxcala.

Seguramente el próximo fin de semana se darán a conocer los nombres en Veracruz, Quintana Roo, Sinaloa y Oaxaca.

Días después, los de Aguascalientes, Hidalgo, Puebla, Tamaulipas y Zacatecas.

Hasta ahora, el PRI ha podido contener las ansias de la mayoría de quienes se sienten o se saben desfavorecidos en la contienda interna.

La gran excepción es Pedro de León Mojarro –cuñado del gobernador zacatecano Miguel Alonso Reyes–, quien dejó el partido para aceptar la candidatura de la alianza PAN-PRD.

Un caso de potencial ruptura es el del secretario de Gobierno de Quintana Roo, Gabriel Mendicuti Loria, quien hizo saber en las redes sociales que no declinaría por otro aspirante y se quejó de que algunos “desbordados de ánimos y mal aconsejados” estén “difundiendo información falsa” sobre él.

Al margen de esos casos, el PRI parece estar manejando con éxito sus procesos de designación, que se han caracterizado por el nombramiento de “candidatos de unidad”.

Así sucedió en Durango, Chihuahua y Tlaxcala, donde fueron destapados Esteban Villegas Villarreal, Enrique Serrano Escobar y Marco Antonio Mena Rodríguez, respectivamente.

¿Qué tienen en común esos tres hombres? Algo por demás interesante. Eran los favoritos de los gobernadores Jorge Herrera Caldera, César Duarte Jáquez y Mariano González Zarur.

Aunque no se trata de una situación inédita entre los gobernadores de extracción priista, la norma es la contraria: el gobernador no impone al candidato.

Hubo un caso, hace 40 años, que terminó muy mal para el designado. El hidalguense Manuel Sánchez Vite se obstinó en colocar como su sucesor a su amigo de la infancia, Otoniel Miranda. Lo logró, pero a Miranda le duró poco el gusto. A los 28 días de haber asumido la gubernatura, fue destituido a instancias del presidente Luis Echeverría, quien no soportó que el gobernador impusiera al candidato.

Con la alternancia en la Presidencia, se fortaleció el poder de los gobernadores priistas y se relajó la regla de que gobernador no nombra candidato.

Así, por ejemplo, el mexiquense Arturo Montiel impulsó a la gubernatura a Enrique Peña Nieto y éste a Eruviel Ávila. Ambos movimientos ocurrieron mientras el PAN detentaba la Presidencia.

Lo extraño es que las tres primeras designaciones de candidatos para las elecciones de 2016, en estados que gobierna el PRI y con un priista en Los Pinos, sean los favoritos de los gobernadores en turno quienes resulten nominados.

Además los tres –Villegas, Serrano y Mena– ocupaban cargos locales al momento del destape. Los dos primeros eran alcaldes; el tercero, diputado.

Se sabe que Villegas fue hecho candidato de unidad por encima del diputado federal Ricardo Pacheco Rodríguez, apoyado por el dirigente nacional del PRI, Manlio Fabio Beltrones.

¿Cómo leer que Peña Nieto y Beltrones hayan dado un paso de costado en esos tres casos y hayan dejado que los gobernadores ungieran a sus favoritos en la sucesión estatal?

Puede haber muchas razones, pero una de ellas debe dominar: reducir la deslealtad de los gobernadores hacia su partido.

En Colima, la mala sangre entre el gobernador Mario Anguiano y el candidato priista Ignacio Peralta probablemente provocó que la elección fuese anulada. No se olvide que la anulación fue por el apoyo que un funcionario estatal –que confesó su delito ante el Congreso local– dio al candidato priista, que ganó por el endeble margen de 500 votos.

Está por verse cuánto pesará la opinión de los gobernadores en el resto de los destapes, pero parece que el PRI no quiere arriesgarse a que ellos jueguen activa o pasivamente contra el partido en los comicios de junio.

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