Pelados
En su estudio sobre el pelo y los peinados en la era medieval, la historiadora estadunidense Roberta Milliken recuerda el martirio de Cristina de Bolsena, cuyo padre la rapó en castigo por regalar a los pobres los ídolos paganos que él veneraba. Cortar el pelo como forma ...

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
En su estudio sobre el pelo y los peinados en la era medieval, la historiadora estadunidense Roberta Milliken recuerda el martirio de Cristina de Bolsena, cuyo padre la rapó en castigo por regalar a los pobres los ídolos paganos que él veneraba.
Cortar el pelo como forma de humillación llegó a ser tan popular en la era oscurantista que se asentó en la ley y se practicó en espectáculos públicos, relata Milliken.
En el siglo XIII, en lo que es actualmente Alemania, una mujer que se embarazaba fuera del matrimonio era condenada a una forma de tortura que consistía en desnudarla de la cintura para arriba, azotarla con palos y raparla.
Al parecer, la práctica de humillar públicamente a las personas mediante rituales como cortarles el pelo, ha vuelto a ponerse en boga. Ocho siglos de civilización aparentemente no han pesado.
Sin embargo, hacerlo en estos tiempos conlleva una forma superada de tortura. En la Edad Media, se enteraba de la ridiculización sólo la gente que alcanzaba a reunirse en la plaza del pueblo.
Hoy en día, gracias a internet y las redes sociales, el conocimiento de estas prácticas primitivas pervive hasta que desaparezcan las fotos y el video de todos los servidores y puede alcanzar instantáneamente cualquier rincón de la Tierra.
Además, en aquellos tiempos, el castigo público era justificado por las comunidades porque el comportamiento antisocial de una persona podía poner en riesgo a la colectividad.
De allí llegamos al consenso de que el castigo debía ser proporcional a la ofensa y, cuando fuese necesario, practicarse a puerta cerrada.
Corregir a reglazos a un alumno dejó de ser visto como una medida disciplinaria adecuada. Y hace 76 años que Francia dejó de guillotinar a los condenados en público, luego de ejecutar al secuestrador y asesino Eugène Weidmann.
El exhibicionismo que caracteriza los tiempos en que vivimos ha hecho aflorar en algunos un gen sádico primitivo. Pese a todos los avances de la humanidad en materia de respeto a los derechos del otro, hay quienes creen que humillar a alguien en público es una manera válida de mantener el control.
Eso quiso hacer el padre de Izabel Laxamana, una estudiante de 13 años de edad, para castigarla por haber enviado por internet fotos suyas en las que posaba coqueta con un pequeño brassier de ejercicio.
Como castigo, el hombre sentó a su hija frente a una cámara de video y la rapó mientras le preguntaba si lo que había hecho había valido la pena. Luego, subió el video a YouTube.
Apenas el mes pasado, Izabel descendió de un vehículo en un puente cerca de Tacoma, en el estado de Washington, y se arrojó de él. Fue llevada a un hospital de Seattle, donde murió.
El fin de semana pasado, en Chiapas, presuntos profesores adscritos a la CNTE quisieron dar una lección similar a quienes osaron ejercer un derecho consagrado en la Reforma Educativa: presentar un examen para aspirar a una posición de enseñanza.
Los integrantes de la CNTE tienen todo el derecho de estar en desacuerdo con la reforma. Es más, por lo que entiendo, les produce un miedo pavoroso porque el estilo de vida laboral que han llevado –ocupar plazas para las que no están preparados y percibir un salario por ello– se puede terminar.
Lo que no pueden hacer esos maestros inconformes es imponer su visión de la Reforma Educativa a los demás. Especialmente después de que la Suprema Corte ha ratificado la constitucionalidad de las evaluaciones magisteriales.
Rapar a quienes pensaban presentar el examen, y grabar la escena para luego subirla a internet, no puede ser tolerado por una sociedad democrática.
Personalmente me incomoda que el maltrato a un animal –con todo y lo opuesto que estoy a la tortura de cualquier ser vivo– les resulte a algunos más repugnante que lo sucedido en Chiapas.
Se trata, como vemos, de una práctica de origen medieval. Y no sólo es una forma incorrecta de protestar. Incurrir en ella es razón suficiente para dudar que esas personas, que así deshonran al magisterio, tengan la más mínima capacidad de enseñar a los alumnos algo que les sirva.