La culpa
Es cierto que todo lo que elegimos hacer o dejar de hacer repercute en nuestra vida.

Paola Domínguez Boullosa
La coach
Echarle la culpa de tus errores a tu naturaleza no cambia la naturaleza de tus errores.
Thomas Harris
La culpa tiene muchas definiciones, y una de ellas en la práctica es también el castigo. La gente que siente culpa vive… castigándose.
Castigándose por lo que hizo y por lo que no hizo, por lo que le dijeron que hizo, o no hizo, por lo que cree que hizo y por todo aquello que creyó y pensó que no hizo, lo cierto es que esa persona se siente responsable por el daño causado por alguna de sus acciones u omisiones.
Sea cual fuese la modalidad, y las reacciones que esa modalidad traiga consigo, la culpa termina por convertirse en castigo para todos los que la tienen, la creen tener o la sienten. Todos, incluidos aquéllos que, en verdad son culpables, pero insisten en culpar a los demás y, también aquéllos que además niegan su culpa. Es por eso que al final todos ellos, terminan por convertir la culpa en castigo. Desde el reconocimiento de la culpa hasta la pretensión de evadir la misma, la culpa, inexorablemente es convertida en castigo.
Personalmente lo considero un error, porque en efecto, un castigo podría parecer una enmienda, o una especie de solución para recuperar lo perdido, o reparar lo afectado… y no, no lo es, sin embargo, hay personas que deciden con base en una educación anticuada y primaria, el estancamiento o peor aún… el olvido. Sorprendente, porque la vida suele alertarnos de esa forma, para hacernos conscientes de la importancia de lo hecho o no hecho y, a la vez, permitirnos otra oportunidad para poder darnos cuenta de lo que valemos y realmente vale para nuestra vida.
El problema de la culpa nunca ha sido la culpa en sí misma, ni tampoco el castigo ha sido su remedio. El pensamiento, la responsabilidad y la conciencia son quizá los precursores de la culpa. Sentirla o no, es consecuencia de un manejo equivocado, desconocimiento involuntario o por falta de previsión… la culpa en sí, no es la creadora del castigo con el que se carga, el verdadero castigo en realidad se lo impone uno mismo, aplicándolo en el mejor de los espacios de su vida, en su presente… en su futuro.
Y culpable o no, lo hecho, hecho está y las consecuencias forman parte de la realidad que está viviendo. Y este no es un patrón que se pueda apreciar en todos los culpables, ni en los que no lo son. No me refiero, ni trato aquí, un tema de culpa dolosa de naturaleza jurídica, me refiero, a la culpa desde el punto de vista social del accionar cotidiano, que no es más que el producto de una serie de modelos educativos donde la libertad individual se encuentra cautiva y a expensas de lo que otros opinen.
Siempre se coloca a los demás, antes que uno mismo, por disposición educativa, cuando en realidad habría que reducarnos para colocarnos a nosotros mismos en primer lugar. Nadie puede cuidar, defender, proteger, y mucho menos valorar la individualidad ajena o de grupo, si no ha vivido y experimentado la culpa en carne propia.
Y sí, frecuentemente, uno se convierte para sí mismo en culpable, por razones en las que, bajo toda lógica, sería víctima. La culpa siempre ha sido, en diferentes ideologías, una medida de control, donde a través de herramientas emocionales se manipula al otro, haciéndole vulnerable y obligándole directa o indirectamente a asumir conductas que en su pleno juicio y libertad nunca asumiría.
Es cierto que todo lo que elegimos hacer o dejar de hacer repercute en nuestra vida, pero eso no lleva implícito que tenga que repercutir en todo su entorno, puede haber una posibilidad, pero nunca nadie debe considerarse tan importante. Sin embargo, siempre se ha pretendido hacernos creer que necesitamos aprobaciones para ser lo que queremos llegar a ser o para vivir de la manera que hemos elegido vivir.
Algunos elegimos colocarnos como centro neurálgico de nuestra propia vida, pero hay personas que siguen adquiriendo con cada elección y con cada omisión de elección una culpa nueva, que convierten automáticamente en castigo, en el castigo y la culpa que cargan todos los días, y así continúan sumando culpas y castigos, en su afán de no perder el papel que otros les han asignado en su vida o, peor aún, el rol que ellos mismos se han impuesto.
La felicidad no puede depender de nadie, más que de uno y nadie puede ser feliz si no puede sentirse libre, estas culpas que muchas personas cargan y convierten en castigos, no son más que la desidia voluntaria de no querer comprender que en la vida antes que dar hay que darse, antes de amar, amarse, antes que respetar, respetarse y antes de considerar que se sabe vivir, vivirse… esa es la educación que necesitamos tener…
Una educación centrada en la libertad y la responsabilidad, en el entendimiento y discernimiento de lo que conllevan nuestros actos para uno mismo y para los demás, también en el reconocimiento de los errores que podamos cometer, y concentremos nuestras capacidades en cambiar. La culpa es, finalmente, producto del error y los errores no se resuelven con un castigo, sino con una enseñanza, con un nuevo aprendizaje y con el obligado reconocimiento y la necesaria voluntad de un cambio de patrón de pensamiento y de actitud.
Por eso hoy le invito a analizar sus culpas si las tiene o cree tenerlas, a revisar los castigos que se ha impuesto o le han impuesto y, sobre todo… hoy le invito a darse la oportunidad de convertir su culpa en un error y en una oportunidad para cambiar.
Despójese de esas culpas que no le hacen falta, que no necesita y que no ha terminado de resolver, mejor elija el aprendizaje, la oportunidad y no el castigo, créame, nadie aprende con el castigo, pero todo el mundo, una vez comprendido su fallo, aprende con la oportunidad de intentarlo nuevamente.
¡Felices despojos, felices errores, felices oportunidades!