García Márquez, en el panteón de las artes

Lo cibernético también habrá hecho trizas la comunicación epistolar, tan de escritores.

Con ese término se conoce al Centro Harry Ramson de la Universidad de Texas en Austin. Descansan en paz ahí los acervos personales de figuras de las letras como Hemingway, Arthur Miller, Joyce, Borges y Faulkner. Los archivos del colombiano, que incluían 78 cajas con documentos, 43 álbumes fotográficos y 22 cuadernos de recortes y notas, fueron adquiridos por el centro hace dos años, a un precio de 2.2 millones de dólares. Durante el último año fueron desmenuzados, revisados, clasificados y ordenados para ponerlos apenas hace unos días a disposición pública.

Pura nostalgia pensar en los manuscritos originales de sus primeras novelas, Cien años de soledad, desde luego, esos alteros de hojas mecanografiadas con la infinita paciencia de los escritores de hace medio siglo, porque así se escribía. El acervo incluye un número interminable de notas a mano, textos que habrían de ser parte de alguna novela, apuntes, consideraciones, reflexiones, todo de puño y letra, tachones incluidos. La historia de un hombre y a la vez la historia del oficio literario antes de las ventajas del teclado y la pantalla. Lo cibernético también habrá hecho trizas la comunicación epistolar, tan de escritores siempre. García Márquez, lo sabemos todos, se carteaba con Fidel Castro, Bill Clinton, Carlos Fuentes, Salman Rushdie y hasta con James Carter para solicitarle el indulto de aquel activista portorriqueño que asaltó la Cámara de Representantes en Washington, hiriendo a balazos a algunos congresistas. Andrés Figueroa Cordero había pasado 23 años en la cárcel y sufría cáncer terminal. El indulto fue concedido; la fuerza de las letras.

El centro declaró que pretende preservar la personalidad del escritor con el fin de que al comprenderlo a él se consiga entender su obra. A mí me ha sucedido siempre justo al revés: lo más importante es la obra, como habrá sabido el propio Nobel colombiano. De repente se va generando este culto simplón a la personalidad por parte de un interminable número de seudofans que ni han leído ni van a leer la obra. Mal del siglo, supongo, ignorancia de generaciones a las que se ha hecho creer que el conocimiento ya no es necesario, porque toda la cultura se halla en algún gadget. Un descubrimiento en apariencia intrascendente ilustra el drama del oficio de escribir. Una edición de El amor en los tiempos del cólera se halla abierta en la página 221. El autor subrayó la palabra “novedades”, que se repite cuatro veces. Se ha dado cuenta de que pudo haberla cambiado por “obras” o “primicias”. Así son los textos, sin principio ni fin, para que los que de pronto se publiquen no sean sino una de tantas versiones, porque las letras no son sino unas putas tramposas dejándose manosear para hacernos al fin esa frustración de lo que nunca quedó bien.

Le pasó al Gabo en su muy escrupulosa forma de escribir; saberlo reconforta a cualquiera que escriba. Se vale que nos quedemos con este colombiano absolutamente romántico, con el hombre que supo vivir con plenitud, tanta que envejecer le fue complicado. Aureliano Buendía, “suspirando”, escribe Gabo, afirmó: “La vida es la cosa mejor que se ha inventado”. La suya sustentó la sentencia del coronel. También escribió por ahí una de tantas cosas acertadas, que valdría todo lo vivido si uno logra creerla de principio a fin, axioma de artista: “El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”. Tanta y toda esa soledad que padece el artista, cien años para el colombiano.

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