Villoro: polifonía y nostalgia
Estamos ante un antropólogo que busca significado en las crisisampliadas por nosotros mismos. Villoro posee el oído delcronista que osó ser narrador.
Por Guillermo Fajardo
Volví a Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) —ese místico de la ironía en la derrota cotidiana— después de una larga ausencia motivada por un incomprensible olvido. Los autores que leemos forman parte de una congregación que, por azar, suerte o locura son parte de nuestros estantes, esa variedad del sicoanálisis que nadie se ha atrevido a explorar: no hay que desdeñar los intentos de la ficción por parecer interesante. La literatura carece del gregarismo barato de las redes sociales, los eventos deportivos y hasta de la política. Sus amanuenses —los escritores copian lo que otros les susurran— poseen la habilidad de hablar en soledad. En una sociedad corrompida por el ánimo de acercarnos a los otros y ser feliz a su alrededor, Juan Villoro posee el talento de hacer de esos encuentros un manual de la extrañeza.
Sus cuentos vienen preñados con alguna parábola mínima que se nos entrega en bandeja de plata. Son las paradojas de la modernidad y de la vida diaria lo que a Villoro le interesa narrar: parece entender la comunicación entre seres humanos como un acto rarísimo —acaso un truco de magia— que alguien necesita desentrañar. Estamos ante un antropólogo que busca significado en las crisis ampliadas por nosotros mismos. Villoro posee el oído del cronista que osó ser narrador. Se ha insistido que la literatura es el arma preferida del contestatario. Villoro nos recuerda que es también el instrumento del alquimista que se cansó de buscar la piedra filosofal para encontrar oro, el más pragmático de los metales preciosos.
Sus historias, acaso, son los apocalipsis que se encuentran al alcance de la mano: cómodos y sensibles ante nuestras historias personales. El testigo, por ejemplo, novela ganadora del Premio Herralde en 2004, no es únicamente una narración sobre el exilio, sino sobre los esfuerzos que hacemos para reconocer el hogar que cuelga sobre nuestra memoria. En la historia elegida por Villoro —la de un mexicano que regresa a México— viene ya desarrollada la trama, las fobias y el desenlace. Su interés es captar las paradojas de los regresos, ese otro nombre de los espejos.
Tanto en sus cuentos como en sus crónicas, Villoro es el maestro de las extravagancias y ha formado una quimera singular, en donde la polifonía, la contrariedad y la tragedia —en su aspecto conmiserativo— le abren la puerta a lo que significa vivir en un mundo moderno y abierto, muchas veces atravesado por la intrascendencia de ser uno más entre tantos otros y permitirnos ser, al mismo tiempo, nosotros mismos.
Cuando se lee a Villoro se advierte de reojo, la sombra fugaz de algún escritor con el que está conversando: escribe a cuatro manos. Algunos narradores prefieren el pudor de esconderse entre las togas de sus maestros: yo lo hago y asusta pensar que mis devociones son heredadas. En Villoro, en cambio, este reconocimiento refuerza su paciente labor de orfebre u oftalmólogo que se admira ante la pluralidad del mundo. Ya lo dijo Christopher Domínguez Michael: “Villoro (…) nunca deja pasar la oportunidad de dialogar con sus maestros”.
Es decir, conversando escribe más y mejor.
Confesé al principio de este texto que había regresado a Villoro después de una larga ausencia. Lo hago cuando extraño a México. Vivo en Estados Unidos —este Aleph que nos contiene a todos— y las chimichangas, los burritos con mucho queso y los tacos con tortilla dura —existen seres que no saben atenazar un taco— sólo pueden ilusionarme antes del primer bocado. Cualquiera me diría que exagero, no sólo porque voy a México seguido, sino porque hay mejores maneras de recordar nuestros regresos. La literatura de Villoro ordeña la parte más inocua, pero significativa de nuestro patriotismo, consistente en las minúsculas repeticiones que usamos para relacionarnos. Ser mexicano significa algo y no comprende ningún misterio. Es una categoría y, como tal, encierra una serie de caprichos. Villoro nos recuerda que México es el lugar de la nostalgia, estemos adentro o afuera, y que vernos a nosotros mismos dependerá de cómo organicemos el archivo de la memoria, de la amistad o de la comida.
Juan Villoro convoca ciertos espectros restaurados que hacen de su literatura el lugar de los reconocimientos personales. Quiero creer en la fuerza oracular de la ficción como permanencia tangible que nos regresa a un hogar concreto y medible, en donde las hamburguesas y las alitas pueden sabernos a suadero, chicharrón o pastor. Me imagino a un personaje de Juan Villoro perdido en Estados Unidos, tratando de desenmascarar esta paradoja culinaria y darle algún significado ulterior. No sería algo menor: la comida mexicana ya alcanzó el estatus de filosofía comestible.
