La polarización en democracias
El discurso exaltado deteriora la discusión pública.
Por Jaime Rivera Velázquez*
En toda sociedad libre y plural es natural que existan diferencias en las opiniones e inclinaciones políticas. Sin embargo, la polarización extrema de estas diferencias puede llegar a nublar la vista y el juicio de muchas personas, dificultar el debate y la discusión racional de ideas, impedir a unos escuchar a otros y dificultar la construcción de los acuerdos políticos indispensables para el buen funcionamiento de una República.
Cuando la polarización se apodera de la vida pública, no sólo envenena la política; también penetra en la vida privada de mucha gente, daña relaciones interpersonales e invade a muchas familias en las que no se puede expresar una opinión política sin riesgo de sembrar discordia e incomunicación. Un ambiente crispado como ése pone en riesgo el funcionamiento y a veces la supervivencia misma de la democracia, porque ésta requiere un piso de consensos básicos, un reconocimiento de la legitimidad de los otros actores políticos y una disposición a cooperar. La polarización extrema fractura a la sociedad y puede hacer imposible la gobernabilidad democrática. Así se han hundido algunas democracias emergentes del pasado, como la República de Weimar (1919-1933) y la República Española (1931-1939).
En los últimos años, en cada vez más países ha habido una creciente preocupación por el aumento de la polarización política. Puede haber polarización en torno a políticas públicas (por ejemplo, migración, aborto, etcétera), polarización a lo largo del espectro ideológico (izquierda vs. derecha, liberal vs. conservador), o bien polarización partidista (oficialistas vs. opositores). También se ha estudiado la llamada “polarización afectiva”: la opinión absolutamente negativa que los simpatizantes de determinadas posiciones tienen respecto de quienes piensan distinto. Cuando la polarización afectiva es alta, las personas no sólo están divididas en cuanto a partidos o ideologías, sino que pueden llegar a mostrar hostilidad e intolerancia total hacia los otros inclusive en el ámbito privado.
La polarización política se ha asociado con una serie de consecuencias perniciosas para la vida democrática. Por un lado, puede producir parálisis legislativa en la medida en que los congresos polarizados a menudo son incapaces de aprobar leyes o alcanzar compromisos creíbles sobre cuestiones importantes, tales como presupuestos o designaciones, entre otros. Por otro lado, la polarización también puede producir conflictos y hostilidad entre diferentes grupos sociales. Cuando los ciudadanos están polarizados políticamente, es menos probable que confíen en que el gobierno actúe conforme a sus mejores intereses, y pueden ser menos propensos a confiar en instituciones como el parlamento, los organismos electorales, el poder judicial o los medios de comunicación. Las sociedades con polarización extrema a menudo tienen un discurso político muy exaltado y antagónico, lo cual deteriora la calidad de la discusión pública.
En términos generales, las democracias liberales pueden funcionar mejor cuando hay una mayoría de actores políticos y votantes que tienden hacia las posiciones moderadas. Regularmente los extremistas pueden influir en el cuerpo electoral y, de alguna forma, en el gobierno, pero rara vez ganan una elección ni son capaces de encabezar coaliciones gobernantes. En cambio, cuando los moderados pierden terreno y el apoyo electoral se traslada a los extremos, puede ocurrir que una elección no sólo haga cambiar el signo del gobierno (lo cual es normal en la democracia), sino que socave el cimiento de la gobernabilidad.
La reciente elección en Argentina de Javier Milei –a decir suyo, el “primer presidente anarco-libertario del mundo”– es un buen ejemplo de las consecuencias de la polarización política. Por años, la sociedad argentina ha estado polarizada entre peronistas y no peronistas: “la grieta”, le llaman por allá. El 22 de octubre pasado, en la primera ronda electoral, el candidato oficialista Sergio Massa consiguió 36.7% de los votos, el opositor radical de derecha Javier Milei recibió 29.9%, mientras que Patricia Bullrich, la candidata de la oposición moderada que había quedado en segundo lugar en las primarias, sólo tuvo 23.8%. El 19 de noviembre pasado, en la segunda vuelta electoral, Milei derrotó a Massa por 55.7 contra 44.3 por ciento de los votos.
¿Cómo pudo ocurrir el triunfo de un candidato extremista, estrafalario y que amenaza abiertamente con arrasar con algunas instituciones y tradiciones muy apreciadas en Argentina? En primer lugar, el fracaso económico del peronismo provocó hartazgo y un grave resentimiento en amplias franjas de la población. A decir de la politóloga argentina Yanina Welp: “Desde las huestes del peronismo, muchos vieron en el libertario la fórmula mágica para dividir el voto opositor. Lo hicieron crecer y después no lo pudieron parar”. Hay que decir también que los gobiernos de los Kirchner (2003-2015) azuzaron la polarización y, cuando el auge económico se agotó, se incubó una mayoría de votantes resentidos que esta vez emigró al otro extremo, aunque no sepa bien a dónde los va a llevar esta alternancia.
Hay quienes alientan la polarización como estrategia de gobierno y obtienen frutos políticos en el corto plazo. Pero, a mediano plazo, pueden socavar la base de su propia dominación y, eventualmente, los cimientos de la democracia.
*Consejero INE
