Ciberguerras

PorGuillermo Fajardo* No es descabellado pensar que el terrorismo del futuro ya no se concentrará tanto en la destrucción de cuerpos, sino de sistemas cibernéticos. El hackeo a la Secretaría de la Defensa Nacional Sedena puso a México en medio de una discusión legal ...

Por Guillermo Fajardo*

No es descabellado pensar que el terrorismo del futuro ya no se concentrará tanto en la destrucción de cuerpos, sino de sistemas cibernéticos. El hackeo a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) puso a México en medio de una discusión legal y moral que no tiene claras reglas de enfrentamiento. Pensamos en la guerra como una confrontación física, en donde un territorio es capturado o invadido. La nueva dimensión de las guerras del futuro hace pensar que, quizá, esto ya no sea necesario. Bastará secuestrar infraestructuras críticas, a través de virus informáticos, para negociar rendiciones.

Una nueva etapa de este tipo de conflictos empezó en 2010, cuando un ingeniero en sistemas, ubicado en Bielorrusia, descubrió un tipo de virus muy particular, el cual sería bautizado como Stuxnet por un par de palabras dentro del código. Comenzó a infectar computadoras de todo el mundo, pero, especialmente, las de un país: Irán. Una mirada más detallada al interior del virus reveló que tenía como blanco controladores lógicos programables, es decir, computadoras encargadas de ejecutar procesos automatizados. Este virus fue diseñado para atacar, específicamente, el complejo nuclear de Natanz, en Irán, y un tipo de turbinas al interior de éste con el fin de sabotear el enriquecimiento de uranio. Se cree que fue una operación de inteligencia con la participación de Estados Unidos e Israel. Un ataque tradicional hubiese implicado una declaración de guerra o un escándalo mediático. Un ataque informático parece cruzar otros territorios.

Debido a la carga específica de Stuxnet y a la sofisticación de su código, muchos quedaron impresionados. A veces, la intersección entre arte y violencia va mucho más allá de la simple representación artística. Las ciberguerras del futuro necesitarán, inevitablemente, de artesanos que transformen las vulnerabilidades cibernéticas en ventajas bélicas o políticas. La capacidad de crear algo artístico consiste en ejecutar un conjunto de reglas, de tal manera que el resultado transforma, revoluciona o visibiliza nuevas formas. El gol de Maradona contra Inglaterra es una obra de arte. Lo mismo que En busca del tiempo perdido de Marcel Proust o la llegada a la luna. Stuxnet entra dentro de esta categoría. Si bien no consiguió acabar con el programa nuclear iraní, sí que desató la más nefasta de las armas del hombre en términos bélicos: la imaginación. Lo importante en cualquier guerra no es tanto saber con qué armas cuenta tu enemigo, sino en cómo va a utilizarlas.

El hackeo a la Sedena revela cómo es que la infraestructura cibernética se traduce en capital político. No es casualidad que los gobiernos clasifiquen materiales sensibles. No lo hacen tanto para esconder documentos, sino para evitar que de ellos salga una historia. Es esta estrategia —la de conectar los puntos— la que terminará aniquilando los panfletos oficiales y los inflamados discursos de los que ven en la palabra el bálsamo público por excelencia. Es como si la política fuese el arte de convencer al votante de por qué las cosas no se hicieron. Esto tiene más valor del que parece, pues se admite tímidamente que los grandes cambios no vienen con las grandes promesas, sino con la aburridísima formación de una burocracia que trabaja de ocho de la mañana a cinco de la tarde.

López Obrador fue, como candidato, apto para narrar. Como presidente, hábil para silenciar a sus rivales e imponerse desde el púlpito. Es la personificación de la teología política de Carl Schmitt, pues la forma en la que se conduce López Obrador no es la del político que sabe negociar, sino la del religioso que no admite contradicción de sus dogmas. El Presidente ha teologizado el espacio público.

El problema del hackeo es que los documentos hablan por sí mismos y no les interesa conversar con nadie, ni siquiera con el Presidente. Hackear documentos privados es una traición a la intimidad. Revelar documentos públicos, dirían algunos, la razón de Estado. Tanto Guacamaya como Stuxnet confirmaron que la política de este nuevo siglo necesitará de un nuevo cuarto de guerra: uno en donde el funcionario público busque estrategias para contradecir lo que dice el documento oficial. La administración pública contra sí misma.

Con el tiempo se verá lo que sale del hackeo a la Sedena. Mientras tanto, más de uno dirá que es momento de regresar a las máquinas de escribir para resguardar documentos oficiales bajo el colchón. En el sexenio de la pobreza franciscana, sin recursos para invertir en ciberseguridad, el gobierno del presidente López Obrador ahorraría millones de pesos en electricidad.

Quizá la mejor forma de ganarle al futuro es pretender que no existe.

Escritor*

Twitter: @GJFajardoS

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