Libertad es relación

Por Santiago García Álvarez* Recuerdo una clase de un querido profesor de filosofía política, el doctor Rafael Alvira, en la que explicaba que la modernidad había impuesto un estilo cultural cuyo principio era la libertad absoluta y que, con frecuencia, esa libertad se ...

Por Santiago García Álvarez*

Recuerdo una clase de un querido profesor de filosofía política, el doctor Rafael Alvira, en la que explicaba que la modernidad había impuesto un estilo cultural cuyo principio era la libertad absoluta y que, con frecuencia, esa libertad se entendía como espontaneidad total. Siguiendo un pensamiento clásico argumentaba que la libertad era fundamentalmente relación. El máximo de libertad, irónicamente, sería la relación absoluta. Al principio me costó trabajo entender esta reflexión, pero con el paso del tiempo me he ido dando cuenta de que tiene mucho de razón.

Después de algunos años de presenciar el supuesto triunfo de la libertad, la vemos amenazada en distintos ámbitos. Las represiones a la libertad de expresión, los sistemas proteccionistas, las leyes cada vez más restrictivas, los regímenes autoritarios, etc. La historia ha ido demostrando que equiparar la noción de libertad con la idea de poder hacer de manera absoluta lo que a cada quien le plazca es utópico. ¿Cómo enfocar entonces nuestra libertad de elección, de voto, de acción? Quizá pensarlo en función del concepto de relación podría ayudarnos. Me explico.

¿Con base en qué premisas determino mis actos? En función de aquello hacia lo que quiero dirigirme. Si el motor de mi actuar es la total espontaneidad, entonces mi libertad ha decidido relacionarse con aquello que desea una parte de mi ser, mis instintos, en este caso.

Ciertas personas ejercen su libertad fundamentalmente en el cumplimiento de ciertas normas. Establecen así una relación de fondo con una ley, una ideología o una doctrina y, en función de eso, orientan sus acciones.

Algunos más la enfocan a la amistad. Bendita manera de usar la libertad, que lleva hacia la relación por antonomasia: la referida a otras personas. El hombre es un ser relacional, algo difícil de entender ante el individualismo imperante y quizá motivo de una ulterior reflexión.

Hay quienes, por otra parte, la enfocan a la religión y si ésta es entendida como relación con un ser superior, entonces su libertad se ejerce, fundamentalmente, en esta relación.

En cualquiera de los casos, nuestros actos libres nos llevan a adoptar relaciones más estrechas con determinadas relaciones: las cosas, los placeres, los amigos, el trabajo, las instituciones, etc. De la calidad de nuestras elecciones y de nuestras relaciones dependerá de la dimensión de nuestra libertad. Cuando elegimos, elegimos una vinculación, una relación.

Uno de los grandes riesgos en el mundo educativo es manejar el delicado equilibrio entre libertad y responsabilidad, entre espontaneidad y consecuencias. Cuando no se orienta correctamente a los niños o jóvenes se les deja a la deriva, a los grandes riesgos de que su espontaneidad se convierta irónicamente en esclavitud de un mundo mercantilista, de las pasiones desordenadas o de la manipulación de los poderosos. Educar para la relación es quizá una de nuestras mejores herencias hacia los educandos. Una persona que sabe con qué relacionarse tendrá una espontaneidad reflexiva, dirigida, prudente. Podrá ser compatible entonces la diversión y el placer con fines más profundos y nobles.

Una vez más tenemos que apelar a la formación profunda de las personas. Mientras no haya una convicción de fondo, ligada a un corazón que palpita al mismo ritmo que la razón, será muy difícil que una actuación sea verdaderamente libre.

Quizá nuestra tarea educativa tenga que ver con esto. No se trata de garantizar la actuación espontánea, sino de facilitar al educando una buena elección de sus relaciones. Ahora que estamos en tiempos de crisis de poder, donde éste pretende dirigir la actuación de las personas, es tiempo de valorar la educación, que justo busca lo contrario. En palabras de José Antonio Marina, la educación, a diferencia del poder, no intenta someter a las personas sino más bien liberarlas. Y parte de esa liberación consiste en elegir estratégicamente con qué conviene relacionarse y con qué no.

¿Con qué quiero estar más relacionado? ¿Con lo que me gusta? ¿Con otras personas? ¿Con una institución? ¿Con un ser superior? ¿Con una combinación de todas? ¿Con variaciones según la época del año? Sea cual sea nuestra respuesta, al final acabaremos relacionados con algo o con alguien, de manera parcial o total, y de la calidad de esos vínculos dependerá nuestra realización. Más nos vale elegir bien con qué o con quién. Mucha razón tenía el profesor Alvira al señalar a sus alumnos que si lo pensamos bien, libertad no es tanto espontaneidad, como fundamentalmente relación.

    * Rector del campus México de la Universidad Panamericana

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