El reacomodo estructural del sismo

Por Santiago García Álvarez Tristeza, dolor y desesperación son algunos de los sentimientos que hemos experimentado en recientes días por el sismo. Siendo emociones con una connotación negativa, tienen un sentido distinto de aquellas que experimentamos en otros ...

Por Santiago García Álvarez

Tristeza, dolor y desesperación son algunos de los sentimientos que hemos experimentado en recientes días por el sismo. Siendo emociones con una connotación negativa, tienen un sentido distinto de aquellas que experimentamos en otros momentos: indignación o ira, por ejemplo. Detrás de estos sentimientos existen razones antropológicas y sociológicas que es interesante analizar.

Acontecimientos de esta naturaleza sacan lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Lo mejor, ilustrado por las numerosas muestras de solidaridad de la población. Lo peor, por algunos casos de rapiña o asaltos. Ante una circunstancia tan difícil, los resortes humanos de nuestra sociedad se han estirado de una manera sorprendentemente positiva. Al mismo tiempo, llevar a cabo robos o abusos en una situación social tan complicada parecería especialmente perverso. Afortunadamente, son muchos más los casos positivos que los negativos, y el balance humano de México ante un momento crítico resulta, sin duda, positivo.

Siempre surge la inquietud, en situaciones como ésta, de por qué estas reacciones tan positivas no son nuestro comportamiento habitual. Encontramos con frecuencia: crítica destructiva, egoísmo, resentimiento y agresión, por citar algunos ejemplos, en ciertos comportamientos individuales y sociales. En contraparte, ante contextos de crisis, prevalece la solidaridad, la generosidad e incluso la fraternidad.

Las pérdidas materiales de tanta gente son una pésima noticia. Sin embargo, más lamentable aún es que haya fallecido gente. Esto es lo que más ha lastimado a la población y ha generado consternación general. En lo profundo del ser humano, existe una irresistible sensibilidad hacia el bien más preciado que es la vida. En ocasiones hemos perdido este olfato; por ejemplo, nos hemos acostumbrado a escuchar sobre muertes debidas a asaltos o a la delincuencia organizada, vidas igual de valiosas que las del terremoto. En el sonado caso de Frida Sofía, escuché atinadamente en varios programas de radio que lo importante no era si se llamaba Frida Sofía, Valeria o Tomás: lo importante era salvar una vida humana. Algo parecido sucede en los escombros del vientre materno, donde no nos debería importar el sexo, nombre, situación biológica o incluso la deseabilidad o no de esa creatura, sino que se trata realmente de una vida humana que habría que rescatar del mismo modo que a Frida Sofía, y buscar mecanismos eficaces para ayudarla a tener una vida digna, aunque el panorama pueda parecer difícil, como el de algunos sobrevivientes del terremoto. Lo mismo podríamos decir en relación al valor de la vida de todo ser humano, pensando en los marginados, en los migrantes, en los ancianos, en los enfermos.

Ante estos fenómenos tan impresionantes, nuestra escala de valores cambia, se reacomoda; quizá vuelve a sus cimientos sólidos. Nos preguntamos, por ejemplo, si todo esto tiene sentido, y cuestionamos el porqué y el para qué de nuestras vidas. Ante el valor de una vida humana, nos damos cuenta de que lo material es significativamente menos importante. Nuestras preocupaciones ordinarias nos parecen menores, ante problemas más acuciantes.

Nuestras ambiciones desordenadas encuentran un acomodo sensato. La familia vuelve a ser lo más importante, así como nuestros amigos. Nos recuerda también a los creyentes que estar cerca de Dios es fundamental y que ahí podemos encontrar muchas respuestas a nuestras interrogantes profundas y a nuestros dolores más intensos. Ojalá no volvamos a sufrir un sismo; al mismo tiempo, es muy deseable que nos quedemos con este reacomodo estructural de nuestra escala de valores, y realineemos nuestra vida con el orden debido y las prioridades bien establecidas. Que la solidaridad, la generosidad, la colaboración, la fraternidad se consoliden como constantes en nuestra sociedad y en nuestras vidas.

                               

 *Rector del Campus México de la Universidad Panamericana.

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