Ecosistemas innovadores
Según el Índice Global de Innovación 2017, México ocupa el lugar 58. En 2016, en nuestro país, únicamente 0.54% del PIB se destinó a ciencia y tecnología
Por Santiago García Álvarez
En la historia de la humanidad se ha hablado de diferentes eras: la de la agricultura, la industrial o la tecnológica. De manera profética, el gurú del management, Peter Drucker señaló hace algunos años que entraríamos a una nueva etapa que denominaba “la sociedad del conocimiento”. Recientemente se habla mucho del tema de la innovación.
En este rubro, según el Índice Global de Innovación 2017, encabezado por Suiza, México ocupa el lugar 58. En 2016, en nuestro país, únicamente 0.54% del PIB se destinó a ciencia y tecnología. Recientemente recibimos la triste noticia de un recorte importante a los fondos destinados a Conacyt y esto naturalmente tendrá un impacto en materia de innovación.
En nuestro país, de acuerdo con un reporte de 2014, se publican 37 artículos científicos al año por cada millón de habitantes, y existen 558 técnicos e investigadores por esa misma población. Estos parámetros, junto con el registro de patentes o marcas –entre otros–, dan lugar al indicador que coloca a México en ese rezagado lugar en materia de innovación.
En contraparte, la innovación es actualmente un aspecto que se está tomando muy en serio en muchas organizaciones, empresas y universidades en nuestro país. Al mismo tiempo, me da la impresión que un importante número de jóvenes tiene en su ADN este afán por la innovación. Permítaseme poner como ejemplo que el MIT Technology Review, junto con OPINNO y la Universidad Panamericana, llevarán a cabo, en unos meses, el evento Innovators under 35 LATAM, donde se reconocerá a los 35 innovadores de menos de 35 años más importantes de Latinoamérica y no deja de llamar la atención que 9 de los 35 ganadores son mexicanos. Sin duda una muy buena noticia y un reflejo de la capacidad de los jóvenes mexicanos por innovar y emprender con éxito. Para poder crecer en el “ranking de la innovación” se debe trabajar en las métricas señaladas. Pero más importante que el escalafón, lo que verdaderamente urge es facilitar a estos jóvenes talentosos un ecosistema que facilite la innovación en México.
Es necesario un adecuado contexto, una agenda de largo plazo, la colaboración del sector público, privado y las universidades, así como una cultura que favorezca la innovación y que no sea tan despiadada con los fracasos o, dicho en lenguaje moderno, con mayor tolerancia a la frustración.
Cuando hablamos de innovación, frecuentemente pensamos en generar mecanismos para facilitar su desarrollo. Se nos olvida, con frecuencia, un principio elemental: la innovación no se da en abstracto, sino que fundamentalmente existe en personas innovadoras. Lo mismo podemos decir en relación con la creatividad o el emprendimiento: más bien existen personas creativas o personas emprendedoras. Son conceptos que no existen fuera de las personas. La gran pregunta es si estamos generando las condiciones para que existan más personas innovadoras.
En la educación tenemos que buscar más herramientas para facilitar que los estudiantes, de todos los niveles, innoven. El problema es complejo. No hay que confundir el surgimiento de una idea genial en una persona con la formación profunda en innovación. A veces los jóvenes piensan que los grandes innovadores del mundo son personas que generan soluciones geniales, pero no se dan cuenta de todo el trabajo que les ha implicado el hecho de materializar su idea.
Una persona puede tener una gran idea, y su puesta en práctica puede salirle bien o no. En cambio, si aprende de manera habitual a ser innovador, si ha vivido el proceso de generación de ideas de manera frecuente y logra incorporarlo en su actuar cotidiano como un hábito, entonces será innovadora, creativa o emprendedora toda su vida.
Quizá unas iniciativas serán buenas y otras malas, unos proyectos le saldrán bien y otros mal, pero su personalidad innovadora le llevará finalmente a tener muchas más satisfacciones que frustraciones.
He tenido acercamiento con varios proyectos innovadores de estudiantes universitarios y dos cosas han llamado especialmente mi atención. La primera es el trabajo interdisciplinario: cada vez es más importante la interacción entre actores de distintas disciplinas. La segunda es que un buen número de ellos tienen un componente social: quieren ayudar a comunidades marginadas, impactar a muchas personas, aliviar problemas de desigualdad, entre muchas otras cosas.
Según un análisis de Seth Stephens-Davidowitz, es frecuente que economistas y sociólogos se centren en disminuir la pobreza y el crimen para lograr una sociedad más justa y equitativa. Sin embargo, hay tres claves que permiten un desarrollo acelerado: subsidiar a las universidades, apoyar las artes y favorecer la inmigración. Este triángulo suele favorecer la innovación, como se ha probado en distintas ciudades donde confluyen los tres aspectos.
Siguiendo esa línea, en nuestro país es imperativo lograr mayor inversión en ciencia y tecnología. Al mismo tiempo, entre todos, tenemos que ser capaces de multiplicar los “ecosistemas innovadores” y ayudar a las personas concretas a ser innovadoras, de manera profunda, que es distinta a simplemente innovar.
*Rector del campus México de la Universidad Panamericana.
