El verdadero Fitzcarraldo de la transición mexicana

Por Ginés Sánchez* Con unas cuantas frases pronunciadas por personajes importantes en el devenir histórico mexicano pudiéramos intentar reseñar el aún incompleto, por decir lo menos, proceso de transición a la democracia en nuestro país. Desde el general Lázaro ...

Por Ginés Sánchez*

Con unas cuantas frases pronunciadas por personajes importantes en el devenir histórico mexicano pudiéramos intentar reseñar el aún incompleto, por decir lo menos, proceso de transición a la democracia en nuestro país. Desde el general Lázaro Cárdenas, cuando se preguntaba, después de un conflicto armado innecesariamente prolongado si “se podría domar al país como se hace con un potro salvaje, si sería posible algún día, cuando estuviera ya todo pacífico, llevarle la rienda”; entre el mismo Cárdenas y el general Plutarco Elías Calles lograron armar las bases de un andamiaje que lo hizo posible durante más de siete décadas, se puede decir, sin duda alguna, que aquella fue una transición no sólo exitosa, sino acaso ejemplar.

En 1988, hubo una fractura en el sistema de partido único, misma que encabezaron Cuauhtémoc, el hijo del general Cárdenas, y Porfirio Muñoz Ledo, no lograron su objetivo principal, que era ganar la Presidencia de la República, pero sí abrieron una puerta a lo que sería un proceso gradual y sostenido hacia lo que suponía ser un sistema cabalmente democrático, y por ende más justo, con un Estado más eficaz.

Sin embargo, no todo era tan sencillo, y así lo expresó por aquel entonces, en corto palabras mas, palabras menos, el todavía priista Manuel Camacho Solís al coordinador de la campaña del panista Manuel Clouthier: “es que tú no conoces los poderes que están abajo del sistema, tienes narcotráfico, guerrilla, el Ejército, las iglesias, centrales obreras, grupos de poder dentro PRI, todos esos son factores de poder y juegan presionando al sistema, entonces, si no hay quien los conozca y los conduzca no hay manera de controlarlos, lo que te quiero decir es que todo se puede ir a un derramamiento de sangre, todo se puede salir de control”.

Aun así, el presidente electo Carlos Salinas de Gortari pronunció en un discurso que “terminaba la época del partido prácticamente único, entramos a una nueva etapa; la oposición obtuvo más victorias que nunca”, se imponía pues, el inicio de una nueva realidad política.

Muñoz Ledo fue llamado, después de aquel 1988, el “Fitzcarraldo mexicano”, Fitzcarraldo es un muy celebre filme de un empresario, del mismo nombre, melómano, muy osado, soñador y aventurero, que tuvo la idea y la voluntad inquebrantable de construir un monumental teatro de la opera justo en medio del amazonas peruano, con la ilusión de que en él llegara algún día a cantar el tenor Enrico Caruso, hace entonces enormes esfuerzos para coordinar a todos los participantes en ese magno fin, pero es incomprendido, y al final todo termina en desastre cuando se da cuenta que cada quien trabaja para cumplir sus propios y distintos fines.

Ya pasados muchos años, ahora podemos darnos cuenta que el verdadero “Fitzcarraldo mexicano” de la transición democrática no fue otro que el presidente Ernesto Zedillo, y esto queda de manifiesto en una conversación, poco antes del comienzo del sexenio zedillista, ya siendo este presidente electo, con el mismo Porfirio Muñoz Ledo, “¿qué quiere usted?, preguntó Muñoz Ledo, “yo equilibrio, no una alianza con el PAN ni una izquierda a modo”, “¿usted pretende que haya más o menos la misma fuerza en la izquierda que en la derecha y el PRI en el centro?” “Sí”, fue la respuesta, “¿está usted hablando en serio, Ernesto?”. “Estoy hablando en serio”, contesto, y así era. Así, con la voluntad política del después Presidente de México, se gestó, y por consenso, una reforma electoral integral, promulgándose en 1996, dando como inmediato resultado un congreso sin mayoría priista en 1997, un jefe de gobierno del entonces Distrito Federal electo en las urnas, y la llegada de un presidente de otro partido en el año 2000.

El sistema electoral mexicano fue, durante los primeros años, no sólo eficiente sino incluso ejemplar, pero sucedió como en la referida película del Amazonas, los sucesores de Ernesto Zedillo no estuvieron a la altura ni los partidos ni los demás actores políticos, estrellándose nuestro flamante sistema electoral con el fatídico año 2006, después del cual muchas cosas se han desvirtuado, a tal grado de que, casi 30 años después vemos, con horror, que las palabras de Camacho Solís en 1988, aquellas que citaban a lo que hoy se resume y se repite casi a manera de muletilla como “los poderes fácticos” resultaron proféticas. Una reforma electoral sucede a la anterior, a manera de burdos parches, haciendo más confusas las reglas del juego, acabando todo el asunto en simulación y anarquía. La transición mexicana está inacabada, es para no pocos un fracaso monumental, y mucho pasa por nuestro desvirtuado sistema electoral.

Si al expresidente Zedillo le preguntaran hoy por la reforma que el impulsó, logrando la alternancia que se adivinaba casi imposible, podría responder con otra frase, misma con la que contestó don Manuel Gómez Morín en los años cuarentas, acerca del sistema de crédito agrícola impulsado por él mismo años atrás, durante la administración Callista: “era una niña bonita de un pueblo bueno, que al cabo del tiempo... emputeció”.

*Analista

Temas: