Los placeres cotidianos

DUDAMEL, MÁRQUEZ, AKIKO, MARSALIS, EL AUDITORIO, LA MÚSICA Y DIOS…

Tres de mis seres humanos favoritos, no cabe duda de que lo son, me llevaron el viernes a un concierto en el Auditorio Nacional. Mi nuera, la bellísima Violeta de Tampico, mi hijo Mike y la Unagi divina. Me sorprendió ver el impresionante recinto lleno hasta reventar, acudíamos emocionados a disfrutar de La Filarmónica de los Ángeles bajo la batuta del carismático Gustavo Dudamel. En el repertorio nos esperaba una pincelada mexicana, los estrenos de dos piezas de compositores mexicanos, debo confesar que estábamos confiados en que escucharíamos algo genial; así fue: en primer lugar, de Gabriela Ortiz interpretaron Kauyumari (venado azul en la lengua wixárika), y como cierre de la primera parte del genial Arturo Márquez su Fandango para violín y orquesta, y para máximo regocijo, la solista Anne Akiko Meyers en el violín. Fue realmente emocionante ver a don Arturo, el compositor subir a escena a agradecer los aplausos del público. Abrazado con la solista y el director recibieron una larguísima ovación que acabó por contagiar ese sentimiento de orgullo patrio en las miles de almas que estábamos allí.

Para la segunda parte nos impresionaron con la interpretación de la Sinfonía No. 1, de Gustav Mahler. 56 minutos de un fabuloso viaje, poesía musical en cuatro movimientos, una obra tan hermosa como polémica que le costó al compositor más de un dolor de cabeza. Visto este panorama, impacta aún más saber que el joven director venezolano tuvo el sacrosanto atrevimiento de lanzarse al escenario sin la ayuda de una partitura, haciendo gala de sus dotes y su prodigiosa memoria. Dicen los entendidos que en una obra tan compleja como la Sinfonía número 1, de Mahler hay miles y miles de entradas y todas, bajo el absoluto control del virtuoso Dudamel. De verdad portentoso, no sorprende que a sus cuarenta años tenga totalmente enamorado al mundo de la música culta en Estados Unidos, en París y en donde quiera.

Terminando el concierto, cansados de aplaudir, nos fuimos a cenar y a intentar nuestra particular reseña del evento, poco había que discutir, la música tiene ese poder de endulzar los corazones y hacer suaves los acordes de la conversación, si a ese ingrediente se le suma el venturoso sustrato de mis tres compañeros, todo es dicha y contento, todo es aprender y disfrutar, al final, los cuatro llegamos a una visión común y concluyente. ¡Qué maravilla!, es un privilegio poder gozar en la CDMX de un espectáculo de este nivel, nada que envidiar a una noche de ópera en New York o a un concierto en París, Madrid, o cualquier ciudad del mundo. Lo que más me gustó fue comprobar que el público mexicano es entendido y sabe disfrutar de lo bueno.

El sábado, ya encarrerado el ratón, ni quién lo pare, nos fuimos la Unagi y yo a escuchar buen Jazz en el mismo sitio, esta vez con la Jazz at Lincoln Center Orchestra con Wynton Marsalis. Wynton es un señorón de mi edad, quizá el músico de jazz más influyente de las últimas tres décadas, Compositor y arreglista; un virtuoso de la trompeta que tiene ese don particular de embelesar corazones con su música, imagine el querido lector que toda esta ensalada se adereza con la participación de una banda sui géneris, la Lincoln Center Orchestra. ¡Qué bonito es lo bonito!

Para cerrar con broche de oro el entretenido fin de semana, hoy domingo nos la vamos a jugar con Bardo…La falsa crónica de unas cuantas verdades, digo bien, sí, nos la vamos a jugar, porque es una película indudablemente polémica, y seguro que no me dejará indiferente, o me parecerá un bodrio insufrible cargada de vanidad y autocomplacencia o, y esto también es posible, se tratará de una obra de arte. Que, por cierto, no sería la primera que le admire a Alejandro G. Iñarritu. En fin, Ya les contaré. Feliz domingo.

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