Como la vida misma
Lionel Messi es el deportista que más alegrías me ha dado a lo largo de mi vida, soy seguidor del Fútbol Club Barcelona desde hace casi cinco décadas
¡MESSI, SOS GRANDE!
Tengo algunos amigos argentinos, unos más y otros menos, suelen ser un poquito pagados de sí mismos y esa condición de vanidad extrema los hace, a veces, un pelín cargantes y de difícil digestión. Sin ir más lejos, mi compañero Matías, ante mi llamada por la victoria de Argentina para pasar a la final de Qatar, sabiendo que soy el fan número uno de Messi, y que este Mundial era mi máxima alegría que lo ganara él, pues, aun así, después de mi felicitación cariñosa y sincera, sólo acertó a decirme: “Y, sí, es bonito ser argentino”.
Lionel Messi es el deportista que más alegrías me ha dado a lo largo de mi vida, soy seguidor del Fútbol Club Barcelona desde hace casi cinco décadas; la llegada de Messi al equipo marca un antes y un después. Con independencia de los casi 40 títulos que ganó en el Barça, lo mío con Lio es un caleidoscopio de momentos… jugadas en particular que me levantaron de la silla, instantes de divinidad futbolística que se quedaron y están ahí, grabados en mi memoria. Juego con llamarlo hijo putativo, mis amigos saben que es broma, pero saben también el cariño verdadero que he desarrollado por este muchacho, con el cual apenas he cruzado algo más que una foto o mis gritos de apoyo fanáticos desde la grada o desde la sala de mi casa. Es tan sólo un mes mayor que mi hija Eugie, he seguido desde su evolución y la superación de sus problemas de salud hasta ese carácter tan tímido que lo hace único y dulce, por más grande y portentoso que resulte como jugador.
Lo confieso: en este Mundial, yo no le iba a Argentina, yo le iba y le voy a Messi. Con este título, que ha cerrado millones de bocas, queda de manifiesto su grandeza. Ya no volverán a compararlo con Cristiano Ronaldo, un gran atleta, pero a años luz del rosarino.
El deporte, y el futbol en lo particular, despierta pasiones, aquí en México, donde somos una afición con poco equipo, porque jamás hemos tenido uno que nos permita competir en las grandes ocasiones, aún así, nos invita a creer cada cuatro años y mantenemos la esperanza, la ilusión o el sueño de hacer, ahora sí la gran hazaña.
Pues no, no se nos da esa alegría: no soy especialista deportivo y estoy muy lejos de tener el conocimiento para hacer un análisis a fondo de la realidad de nuestro futbol, pero soy mercadólogo y mi visión cabe desde el ángulo comercial y como columnista soy también un observador de la realidad. Desde esa perspectiva puedo dar mi opinión, sólo eso, de lo que creo que vivimos los mexicanos en nuestro deporte y en cada mundial.
Se mueve mucho dinero en el balompié mexicano, tanto, que deja menos margen a la entrega apasionada. Pecamos de soberbia y creemos saber más de lo que sabemos dentro y fuera de la cancha, somos malinchistas para seleccionar a un técnico y, nos cuesta muchísimo el consenso para hacer un plan a largo plazo, una apuesta por el deporte que atraviese sexenios y ayude a hacer una plataforma deportiva que se sostenga y crezca en el tiempo.
Si observamos el cambio que se dio en España a partir de las Olimpiadas de 1992 y la gran inversión del gobierno de aquel país en sus jóvenes en muchas disciplinas, logró lo que tienen hoy, una nación de apenas 40 millones de habitantes, compitiendo con excelencia en muchísimas ramas del deporte.
El gobierno de México no le pone ni un peso a esta faceta y olvida sistemáticamente que el deporte es cultura.
Soy un crítico activo de la actuación de esta autollamada 4T, pero el desprecio al deporte no es sólo culpa de este gobierno, viene de lejos y es cosa de siempre.
