La ruta del riesgo

En un entorno global que subraya la urgencia de dar tiempo al rediseño del organismo multilateral más importante del orbe —la ONU—, así como al impulso de una agenda para el desarrollo integral de la humanidad, a partir de los cuales se dé cauce fortalecido a la construcción de la paz sostenible como producto de una mejor cooperación internacional, mayor corresponsabilidad entre autoridades públicas y el acceso a mejores oportunidades de las personas, el presidente Trump se mantiene decidido a avanzar por la ruta de la inestabilidad y el aislacionismo

El último paso en esa dirección cada vez más peligrosa fue el reconocimiento otorgado hace unos cuantos días a Jerusalén como capital del Estado de Israel.

La gestión del mandatario de EU es una ruta de riesgo creciente, porque necesita de mayores umbrales de controversia para mantener vigente tanto la cohesión al interior de su minoritaria base electoral como la distracción de escándalos asociados a su entorno y que han derivado en la designación de un fiscal especial, Robert Mueller, responsable de investigar la posible comisión de delitos, entre ellos el de obstrucción de la justicia. En esa lógica todo costo político alto estará dispuesto a asumirse, siempre que el efecto alimente la percepción del hombre antisistema que viene a enfrentarse al statu quo y le genere respaldo político de su base de simpatizantes.

De ahí la continuidad del discurso xenófobo haciendo uso del más básico discurso de la supremacía blanca, de la amenaza al retorno a la política comercial proteccionista y la suspensión de los tratados de libre intercambio de bienes, del retiro de cuanto esfuerzo multilateral se pueda —empezó con el Acuerdo de París, le siguió Unesco y en reciente fecha de las discusiones del Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular de Naciones Unidas, así como de la continuidad en el enfrentamiento con la clase política de EU y el sistema institucional, así debilite a su propio gabinete haciendo los diferendos públicos, como ha sucedido en distintos momentos de su primer año de gobierno con su jefe de oficina, John Kelly y los secretarios Rex Tillerson y Jeff Sessions de los departamentos de Estado y Justicia, respectivamente.

El problema de la ruta de riesgo es que, por un lado, desestabiliza el tablero de un orden regional frágil, pero que había permanecido latente para la activación de futuros esfuerzos de pacificación multilateral. Las reacciones de rechazo de Palestina no se hicieron esperar —profundizando su desencuentro con Israel— como tampoco los llamados de grupos árabes y musulmanes a debilitar los intereses de EU en la región. Por el otro, que la contención de las divergencias lejos de quedarse entre Israel y Palestina, trasciende a los aliados de EU y con ello, a la estabilidad global.

Tanto los gobiernos de Francia como de Alemania expresaron su oposición a la decisión de Trump por considerarla contraria al derecho internacional. Incluso, el presidente francés, Emmanuel Macron, dijo en París al primer ministro Benjamín Netanyahu que el reconocimiento de EU es un peligro para la paz, provocando una reacción de defensa del jefe de gobierno israelí. A todo ello, se suman las preocupaciones expresadas por Rusia, China y el Vaticano, por el posible surgimiento de choques violentos entre palestinos e israelíes.

Mientras Trump anima a la inestabilidad externa, en la opinión pública de EU, la base electoral del mandatario se sostiene. La última encuesta de Pew Research Center, levantada apenas unos días antes del reconocimiento formal a Jerusalén, pero ya inserto en el debate público estadunidense esa posibilidad, concluye un 32% de aprobación a la gestión presidencial, muy similar a lo observado en el sondeo de opinión de octubre (34 por ciento).

Finalmente, al ser Jerusalén ciudad sagrada para judíos, cristianos y musulmanes, uno de los temores fundados respecto de la decisión de Trump es el tener como consecuencia un mayor número de actos terroristas. Los cuestionamientos ya empezaron. Tras la explosión de ayer ocurrida en una estación de Metro de Nueva York, la vocera presidencial fue interrogada por los medios y respondió que “la violencia siempre será responsabilidad de quienes la cometen, no del Presidente”, según reportaron notas periodísticas. Y es cierto, no se le puede inculpar a un Presidente la decisión de los violentos, pero sí se le puede cuestionar la generación de condiciones contrarias para la paz y la estabilidad mundial, más si se trata de un país como Estados Unidos.

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