La rabia social
¿Qué enoja más a la sociedad en estos tiempos: La violencia, la inseguridad, en todas sus manifestaciones, o la corrupción en que ha caído la clase política en varios países del mundo? En el caso de México, sin duda alguna, existe una gran molestia social por la ...
¿Qué enoja más a la sociedad en estos tiempos: La violencia, la inseguridad, en todas sus manifestaciones, o la corrupción en que ha caído la clase política en varios países del mundo?
En el caso de México, sin duda alguna, existe una gran molestia social por la manera en que se ha deteriorado la forma de gobernar de muchos políticos en municipios, estados o —incluso— la Federación.
Hace algunos días, en una entrevista, el secretario de Salud del gobierno federal, José Narro, respondía a lo que sucede en muchas naciones: “Hay malestar, hay encono, hay resentimiento, hay situaciones que nos incomodan... El mundo está enojado —decía— y México no está fuera de ese radar”. Llegó al grado de señalar que estamos frente a “un asunto de salud pública”.
Y hablaba de una solución al problema del estado de ánimo que uno palpa ya con gran evidencia cuando platica con cualquier ciudadano: “Regresar al Estado de derecho e informar de manera veraz y oportuna a la sociedad: los problemas de la democracia se resuelven con más democracia; los de la educación, con más educación, y los problemas de la comunicación y de la información se tienen que resolver con más y mejor comunicación”.
El problema está en la gran simulación que como nación estamos viviendo; simulamos que todo está bien, cuando en la sociedad, en general, permea un ambiente de “molestia generalizada, de fastidio, de enojo, de inconformidad y rabia”, advertía el doctor Narro.
Y es que no es para menos: Las campañas políticas se han convertido en un concurso para ver quién arroja más lodo al adversario.
El problema no está en el hecho de “sacar” el lodo; el asunto está en que hay demasiado lodo, el cual salpica a todos. Las acusaciones que se hacen, unos a otros, los candidatos tienen sustento. Las avala la cantidad de expedientes que hoy obran en poder de las instancias legales encargadas de procurar una justicia que nada más no vemos los ciudadanos. Por eso el secretario de Salud insistía en “volver al Estado de derecho”.
Hace unos días, la consultora estadunidense Global Financial Integrity dio una serie de datos que corroboran la enorme corrupción que en los últimos años corroe a los países latinoamericanos: “Las transferencias ilícitas al exterior desde América Latina llegan hasta 147 mil millones de dólares anuales y las que ingresan a los países de la región son del orden de los 257 mil millones de dólares”.
El origen de esos recursos proviene de la corrupción política, el crimen organizado, evasión de impuestos, financiamiento del terrorismo, lavado de dinero, entre otros delitos.
Y en los países del continente, a pesar de que en conjunto han avanzado en los últimos años en materia de leyes anticorrupción, tanto pública como privada, el problema crece debido —en gran medida— a que las legislaciones de cada nación, lejos de aplicarse, parecen “artículos de decoración”.
El “humor social” en México tiene ya características que anticipan consecuencias en la salud sicológica y mental de sus habitantes. Y hoy, mucho de lo que sucede en el país es atribuible a ese enojo, a ese encono que provoca un “malestar generalizado”. No hay manera de revertirlo, más que con una clase política mejor que la que ha gobernado en las últimas décadas. Y la oportunidad de lograrlo tocará próximamente a la puerta de nuestra incipiente democracia. Corresponde a cada ciudadano decidir qué queremos para los tiempos por venir. El cambio tiene que comenzar en nosotros mismos.
