La austeridad que no se ve
Lo que en el discurso ha sido insistencia frente a la crisis económica por la que atraviesa el mundo, con sus funestas consecuencias para México, en la realidad, no se ve. Para no variar, los ajustes en el presupuesto van directamente encaminados a afectar programas y ...
Lo que en el discurso ha sido insistencia frente a la crisis económica por la que atraviesa el mundo, con sus funestas consecuencias para México, en la realidad, no se ve. Para no variar, los ajustes en el presupuesto van directamente encaminados a afectar programas y proyectos del gobierno en su operación frente a los ciudadanos. Sin embargo, en lo que se refiere a “recortes” en salarios y prestaciones de la llamada “alta” burocracia, sencillamente no se observa.
Un estudio a fondo de las percepciones que recibirán los legisladores que se van y lo que les espera a los que llegan da cuenta de ello. La Cámara de Diputados gastará este año casi mil millones de pesos tan sólo en el salario de sus 500 integrantes, que incluye el pago de aguinaldo y fondo de ahorro por 406 mil pesos a cada uno de quienes formaron parte de la legislatura que ya se va, así como la parte proporcional de esa prestación para quienes este martes entran en funciones.
Para que usted se dé una idea, el salario anual de cada diputado federal es de un millón 929 mil 999 pesos, que incluye prestaciones como aguinaldo, seguros de gastos médicos y de vida que se extienden a esposas o parejas, hijos y padres, así como “ayuda para despensa”.
Aparte, nuestros “representantes” gozan del pago, con cargo al erario, de asesores, secretarias, papelería, gasolina, choferes, comidas, agua embotellada, café, galletas, etc. A lo largo de este año, en su presupuesto total de siete mil 300 millones de pesos, la Cámara baja destinó más de 70 millones de pesos al pago de seguros médicos mayores de GNP para los 500 legisladores que la integran.
De lo autorizado por ellos mismos, los diputados federales gastan poco más de cuatro mil millones de pesos en servicios personales donde se incluye el salario del personal sindicalizado, de base, asesoría y mandos medios y superiores.
Con todo ello, el discurso de la austeridad en tiempos de crisis queda en el papel y en los discursos que, como a las palabras, se los lleva el viento. En la realidad, el gasto millonario del sector público va en ascenso y lo pagamos todos los mexicanos. Y eso que existe un acuerdo de austeridad aprobado por la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados.
Mientras millones de mexicanos comienzan a resentir los efectos de la crisis mundial. Alzas en precios y servicios, pocas mejoras salariales y escasez en el empleo, un peso más débil y poca capacidad de gasto ilustran los tiempos actuales.
Las cifras no mienten. Se habla de recuperación en los estratos más bajos de la pobreza en México, pero esa mejoría es insignificante. No se nota. “No pinta”, dicen los actuarios que hacen los análisis de las encuestas y las mediciones oficiales. La clase media es la que más ha sufrido en los últimos años los problemas económicos que se profundizan ante la falta de rumbo de las decisiones que se han tomado para tratar de revertir, dicen, la situación de las finanzas.
Lo cierto es que, lejos de lo que se afirma, la brecha cada vez es mayor y con pocas posibilidades de mejoría en el corto plazo. Sin embargo, eso no atemoriza y mucho menos ruboriza a quienes han conseguido sobrevivir otros años más en la vida política del país. Al fin que ahí, la austeridad es letra muerta.
