Las sociedades y las crisis

El gran problema de las grandes crisis económicas, “depresiones” les llaman los expertos, a lo largo de los últimos siglos no es quién las genera o por qué razones. No se trata tampoco de saber si vienen “de fuera” o son generadas al interior de cada país. Lo ...

El gran problema de las grandes crisis económicas, “depresiones” les llaman los expertos, a lo largo de los últimos siglos no es quién las genera o por qué razones. No se trata tampoco de saber si vienen “de fuera” o son generadas al interior de cada país. Lo importante es saber qué consecuencias sociales dejan a millones de personas que observan con pesimismo cómo se va deteriorando su calidad de vida y su dinero cada vez les alcanza menos para sobrevivir. En México el deterioro social tiene que ver con las condiciones económicas en que viven muchas comunidades donde  había abundancia o para “irla pasando” y de pronto ver que cada vez hay más pobres o  una clase “media” muy mermada por las crisis recurrentes de las últimas décadas. Como un signo de los tiempos tenemos cada vez a un mayor número de jóvenes que no logran siquiera terminar sus estudios básicos o que no llegan a la universidad porque lo primero es tener para comer y satisfacer sus necesidades más apremiantes, tanto para ellos como para sus familias. La violencia con la que hoy se cometen crímenes o se busca pertenecer a algún grupo delictivo es síntoma de la descomposición que inicia desde las familias y termina por “reventar” a una sociedad más desarticulada y más preocupada por sobrevivir individualmente que como un conjunto de hombres y mujeres “coordinados” por instituciones fuertes y eficientes para conseguir una sana convivencia. Hoy observamos la forma en que se desintegran municipios y estados donde sus habitantes terminan enfrentados unos con otros en medio de un gran vacío de autoridad. Deudas y conflictos económicos se entrelazan con otros fenómenos que hoy ahogan cualquier intento por tener una mejor sociedad.

Los gobernantes se preguntan dónde fue que México “torció” el camino del desarrollo pujante y prometedor del que tanto se habló. Mucho tiene que ver con los últimos acontecimientos de finales del siglo pasado y principios de éste; las crisis económicas no llegan solas. Vienen de la mano de un deterioro del tejido social que se ve rebasado por conflictos, producto de malas decisiones políticas que casi siempre repercuten en el bienestar de las familias.

Cuando en esas decisiones el “motor” central no es el bienestar colectivo, sino el sacar ventaja económica de unos cuantos, la cosa ya no va bien. Lo hemos visto en la historia de nuestro país desde hace siglos. En fin, la historia se repite.

Estamos inmersos en una “oleada” de inestabilidad económica y financiera. Sí, muchas de las causas escapan a nosotros. Que si los chinos no están creciendo económicamente como lo venían haciendo; que si la economía de EU se está recuperando y el dólar se está fortaleciendo, etc.

Las causas podrán ser muchas, los efectos son los mismos. Personas cada vez más pobres o que van perdiendo la esperanza de mejorar su situación, lo que tiene una fuerte repercusión en su autoestima y en su bienestar emocional, tan importante para tener sociedades motivadas a producir y salir adelante. “México debe recuperar su autoestima”, acaba de declarar el investigador de la Universidad de Columbia Edgardo Buscaglia, en una entrevista publicada ayer por Excélsior. “El Estado es de los ciudadanos. Tienen que recapturarlo y eso implica mejorar la autoestima, para que se organicen mejor... Fortalecer la autoestima permite a las sociedades crear organizaciones sólidas”. Nada más cierto para hacer frente a las crisis, como las que hoy nos consumen lentamente.

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