Woodrow Wilson, entre la teoría y la praxis
Fue un notable académico que se convirtió en un más notable político, a quien se debe la creación de la ONU.
Hay profesiones que son incompatibles. Por ejemplo, nadie pensaría en un filósofo ganándose la vida especulando en la bolsa. O a un poeta trabajar en un despacho de asesoría financiera. Otras son aparentemente opuestas pero complementarias. Me refiero a quienes con vocación y dedicación académica incursionan en la vida real y concretamente en la política. En México tenemos algunos ejemplos. Generalmente los destacados académicos llegan a ser destacados políticos. Los clásicos mexicanos han sido José Vasconcelos, Jaime Torres Bodet y Jesús Reyes Heroles. Más cercanos Sergio García Ramírez, Jorge Carpizo y Diego Valadés, con relevantes carreras públicas, y el rector Juan Ramón de la Fuente, que sabe de academia y sabe de política.
El presidente Miguel Alemán decidió incorporar a su equipo de trabajo a profesores universitarios que integrarían su gabinete. No obstante, el paso por la vida de estos personajes dejó huella en la academia y no en los corredores de la burocracia: Agustín García López, Andrés Serra Rojas y particularmente los juristas Antonio Martínez Báez y Antonio Carrillo Flores. Actualmente no hay muchos a la vista. Del gabinete de Peña Nieto el más cercano al mundo académico y con tal temperamento es el Secretario de la Semarnat, Juan José Guerra Abud. En el gabinete de Mancera el único con doble perfil es René Drucker, investigador emérito de la UNAM.
El profesor que más lejos ha llegado en la política global es Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos, después de haber sido, o tal vez por ello mismo, uno de los académicos más destacados en su tiempo y más allá de su propio tiempo. Presidente (rector) de la prestigiosa Universidad de Princeton, Wilson es un clásico de la ciencia política. Un ensayo publicado en 1887 lo llevó a los anales académicos de la administración pública. The Study of Administration revolucionó no solamente a la academia, sino que es el inicio de la profesionalización de la administración pública. Wilson hizo por primera vez la distinción entre política y administración. Wilson planteó la necesidad de una burocracia que gobernara independientemente de políticos electos por el pueblo. Una especie de reivindicación histórica de los burócratas. Si existe la administración pública como ciencia es debido a Wilson.
Más allá de su aportación académica, Wilson, si bien es el único presidente estadunidense con un doctorado académico (en México Carlos Salinas y Ernesto Zedillo lo alcanzaron en prestigiosas universidades estadunidenses: Harvard y Yale), su gran aportación la recibió la organización internacional de las naciones.
Wilson creía en el mundo interconectado. Contrario a la tendencia de un amplio sector estadunidense de mantener a ese país aislado del mundo, Wilson estaba convencido en que el hombre debería erradicar los horrores de la guerra y para ello debía crear un orden político internacional.
Él planteó en París la creación de la Liga de las Naciones y luchó literalmente hasta su muerte para que el Senado de su país ratificara el Tratado.
Como veía imposible convencer a los republicanos de la ratificación, decidió obtener el respaldo popular para que la fuerza de la democracia impulsara la ratificación. Se subió a un tren, que convirtió en su oficina presidencial durante un mes, en que de pueblo en pueblo y ante el pueblo fue esparciendo la idea de un nuevo orden mundial. Lo derrotaron su salud, que lo traicionó, igual que algunos demócratas de su partido que votaron contra él, y el Partido Republicano, que se opuso a la idea del internacionalismo.
A casi cien años de distancia llega la reivindicación de Wilson. Otros presidentes mejor reputados en la historia, como Franklin D. Roosevelt, lo idolatraban. Harry Truman, también ahora revalorado, llegó a decir que Wilson era el más grande de los grandes. Cuando Nixon llegó a la Casa Blanca pidió que le trajeran el escritorio de Wilson para trabajar y tener “una fuente de inspiración”. Algún contemporáneo dijo que, como buen político, Wilson no tenía amigos, solamente esclavos o enemigos.
Wilson fue un notable académico que se convirtió en un más notable político, a quien se debe la creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Respecto a México, Wilson fue notablemente antiintervencionista, a pesar de la presión de los republicanos que acusaban a México y al gobierno de Carranza de ser progermánicos.
Como nadie es perfecto, Wilson no quiso reconocer los gobiernos de los sonorenses Adolfo de la Huerta y Obregón, pero a su favor está la crítica oportuna a la manera como Victoriano Huerta se hizo del poder. Demostró que para hombres con talento no hay frontera entre la especulación teórica y el mundo práctico, el de la acción y las decisiones oportunas. Wilson era de esos.
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
