El Papa y el automóvil

Francisco criticó a los integrantes de la jerarquía por utilizar autos de lujo.

La característica más notable de los tiempos modernos es el automóvil. Son muchas las contribuciones que se le atribuyen como responsable de la comunicación, impulsor de nuevas tecnologías, responsable de acortar las distancias, democratizador que asemeja al rico y al pobre en los caminos. Aunque también el responsable de daños como la contaminación, el congestionamiento vial y las muertes por accidentes.

Nada escapa a sus dominios. Los automóviles han sido protagonistas de la historia moderna. En la II Guerra jugaron un papel estratégico. Hitler estuvo a punto de ganar la contienda. Si así hubiera acontecido el Volkswagen hubiera sido el causante de buena parte del éxito militar y propagandístico. 

En México, uno de los episodios más trágicos de la historia fueron los asesinatos del presidente Francisco I. Madero y del vicepresidente José María Pino Suárez. El hecho tiene vinculación con el automóvil, pues los dos próceres, Madero y Pino Suárez, fueron trasladados, con engaños, al lugar de su ejecución en dos automóviles que hoy serían la envidia de cualquier coleccionista. Se trataba de un Protos tipo Laundet en el que viajó Madero y de un Packard convertible que llevó a Pino Suárez al matadero. El primer auto lo proporcionó el empresario Cecilio Ocón, enemigo de Madero, y el Packard Ignacio de la Torre y Mier, yerno del dictador Porfirio Díaz, derrotado por Madero en las elecciones. 

De esta manera los automóviles han sido parte de la política mexicana. El presidente Miguel Alemán no puede entenderse sin su sonrisa y sin su Cadillac. El presidente López Mateos era un fanático del automóvil. Dicen que recorría por las tardes la carretera a Cuernavaca en un Maserati. López Obrador inmortalizó el Tsuru que manejaba don Nico. Quadri, de quien todavía queda un vago recuerdo, durante su ridícula campaña, se subía a una combi dos cuadras antes de los destinos, para que no lo vieran a bordo de su último modelo.

Alemania dividida competía por el mejor automóvil.  Mientras los de la República Federal producían Mercedes, Porsche, BMW, Audi y Volkswagen, los de la República Democrática apenas alcanzaron para un austero Trabi.  El automóvil fue la medida de las cosas de los dos sistemas económicos y políticos. Los automóviles ingleses y franceses tuvieron que ceder ante la tecnología alemana y el poderío de los negocios estadunidenses. Los italianos mantienen elegancia, diseño y glamour. Los japoneses pelean con su eficiencia por el mercado mundial.  Los chinos acechan copiando lo que pueden.

Ahora el papa Francisco criticó a los integrantes de la jerarquía católica por utilizar autos de lujo. Los conminó a utilizar autos más humildes. Señaló que le lastima ver a un cura o monja con un automóvil último modelo, particularmente “mientras tantos niños pobres se mueren de hambre en el mundo”. Jorge Bergoglio (así se llama) decidió vivir en una casa de visitas en El Vaticano, en lugar de hacerlo en los lujosos departamentos papales que utilizaron sus predecesores que estaban en su mundo de flores.

En cuanto al automóvil que utilizará decidió por un Ford Focus, el compacto de la Ford que se fabrica en México. La señal del Papa orienta hacia dónde irá su gestión como jefe de la Iglesia católica. Habrá quienes piensen que lo de Francisco es pura demagogia automotriz, como la de AMLO con su Tsuru, pero lo cierto es que, paso a paso, va fijando un camino nuevo y necesario para una Iglesia, la más poderosa económica y políticamente, pero desprestigiada por la corrupción y desapego del ejemplo que Cristo legó al mundo. Todavía le quedan muchas tareas pendientes al papa Francisco, ahora conductor de un Ford Focus hecho en México.

*Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

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