Genaro Góngora

No hay sociedad que funcione sin el concurso de jueces dignos y probos.

Salvador Rocha, tal vez el mejor litigante que ha llegado a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, se quejaba de la imagen de los jueces mexicanos frente a la comunidad. Experto en varias artes, poeta, golfista, gourmet, político, millonario, gran amigo, fumador empedernido al grado de haberse amparado porque no lo dejaban fumar en la Cámara de Diputados, también sabía casi todo del cine judicial.

Afirmaba que en las películas estadunidenses el juez es una figura respetada en la comunidad. Una de las más respetadas, junto con el profesor de la escuela primaria, el coach de beisbol y futbol sin acento (americano) y el ministro o padre de la iglesia comunitaria.

En México, por el contrario, las películas del cine de oro muestran a un juez mal vestido, abogado fracasado que obtuvo el cargo por alguna canonjía, bonachón, borrachín y descuidado, que siempre llega tarde. Esa imagen tiene que cambiar, decía Rocha, pues no hay sociedad que funcione adecuadamente sin el concurso de jueces dignos, probos, ejemplo de sobriedad, discreción, eficiencia e imparcialidad. Ese fue el espíritu de la reforma que en 1994 llevó a Genaro Góngora a ocupar un sitial en la Suprema Corte.

En Estados Unidos han sido contados los escándalos judiciales. Hubo uno célebre cuando ese país iniciaba su vida independiente.

En ese país los jueces federales permanecen en sus cargos de por vida mientras observen “buena conducta”. Un juez de distrito perdió la noción de la templanza por excesos en la bebida. No se trataba de cualquier juez. Samuel Chase había participado en la firma de la Declaración de Independencia, pero le encantaba el whisky. Sus enemigos lo acusaron en la Cámara de Representantes. La Cámara culpó a Chase en 1805 de “mal comportamiento”, pero fue tan burda la acusación que la Cámara de Senadores, actuando como tribunal de sentencia, lo absolvió. Se sentó el precedente de no utilizar la política para presionar al Poder Judicial. No se debe vulnerar la independencia de los jueces.

En México el asunto de corrupción judicial más notorio fue el del ministro Ernesto Díaz Infante, que recibió un soborno para liberar, a través de dos magistrados, a un asesino, Alejandro Braun, El Chacal, que secuestró, violó y asesinó a una inocente pequeñita de seis años en Acapulco. Hasta el último día de su vida este ministro corrupto disfrutó de la vergonzosa pensión que le otorgaba la Suprema Corte.

Recientemente, el ex ministro Genaro Góngora aparece (#Gongora) en las redes sociales a partir de un reportaje ya histórico de Carmen Aristegui. El ex ministro tiene un parecido físico notable con dos figuras: el papa Ratzinger, ahora también en retiro como Góngora, y Anthony Hopkins, el célebre artista inglés, particularmente en la película El silencio de los inocentes (The silence of the lambs), en la que protagoniza a Hannibal Lecter, un desalmado asesino serial. Dos extremos: una figura angelical, el Papa retirado, y enfrente el personaje más siniestro de la ficción cinematográfica que recuerdo. Dos personalidades diametralmente opuestas.

De igual manera parece ser que Góngora tiene doble personalidad: la del jurista de izquierda que acompaña las mejores causas y la del padre que además de regatear atención a sus hijos que padecen autismo, encarcela a la madre de éstos.

No sé cuantos alumnos habrán de inscribirse en el próximo semestre en la clase que Góngora imparte en la Facultad de Derecho de la UNAM. En esa escuela se enseña que los ministros de la Corte deben ser intachables. Tampoco me imagino cuál de los dos Góngora impartirá la cátedra: ¿El hombre justo y probo que simuló ser toda su vida, en la Corte, en la academia y en las reuniones de Morena, o el verdadero Góngora, el que descubrió Aristegui y al que todos, de ahora en adelante, le huirán con excepción del pagador de la Suprema Corte que lo buscará periódicamente para entregarle 370 mil pesos mensuales de su merecida, vergonzosa, pensión?

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