Nueve millones de sismos en un día

Si cantas, oh patria terrible, en el centro de los terremotos… No tengo memoria para recordar el sismo del 19 de septiembre de 1985 en el Distrito Federal. Nada se despeña, la mínima imagen no se derrumba, no tiembla, ningún polvo cae sobre 
la primera ciudad que evoco. Hoy es el mismo día, pero 32 años después. A las 7 am todo se encuentra sobre sus cimientos. La mañana pinta clara, soleada, de mejor ánimo después del temblor del reciente 7 de septiembre. Se esperan réplicas, aseguran. En punto de las 11 am se activa la alerta sísmica: la gente sale a las calles, parsimoniosa, risueña, aletargada; otros prefieren seguir en casa o en la cíclica labor del trabajo o el estudio, al fin que es un simulacro. Todo vuelve a la normalidad de siempre, la rutina se impone gualda: el mediodía es alto, claro como hace semanas nos sucedía en la ciudad

13:14 pm. Un traspié. Una tras otra, pisadas inseguras. Un golpe de nerviosismo. La tremolina se levanta, erige su estruendoso sonido de pánico una alerta sísmica tardía. De golpe aumenta el pulso de la tierra, se estremece entre tanto, se agrietan techos, el golpe como de un mazo retumba las paredes, la trepidación abre la calle. Una grieta parte la avenida en dos, algo parecido al áspid que se alarga y se retuerce y avanza. Las mujeres se lanzan sobre las escuelas. Los niños se apresuran a la salida, atolondrados, ingenuos de lo catastrófico del asunto. La inocencia se diluye entre el llanto, entre las lágrimas se va perdiendo la seguridad, la confianza. Los vidrios revientan, el aire se torna confuso, indeciso entre volar o ser prisionero del polvo que se levanta. Nadie camina. Unos están de pie. Otros, tendidos sobre los escombros, pero aún no lo saben sus familiares, todavía lo desconoce su sangre misma; el olor de gas vaga por azoteas, entre fauces abiertas. Cólicos, crispación, alerta, alerta, alerta sísmica se escucha una y otra vez en el aguzado oído de la gente, un ruido de guerra sobre los principios del aire, entre las copas de árboles, un eco que se expande en una cueva, rebota sobre los delgados límites la piel. Este 19 de septiembre han ocurrido nueve millones de sismos en esta ciudad, nueve millones de personas han vivido el propio, suyo, único.  Nueve millones, ya se ve por qué fue tan contundente y robusta la tragedia.

El resto es silencio… Un rumor. La murmuración. De nuevo, un rumor reconstruyendo el paisaje. Otro murmullo. El resto es silencio.

Polvo eres y todo eso… A la distancia se escucha el ulular de las sirenas. La comunicación se restablece. La radio da cuenta de los daños: uno, dos, tres, más edificios colapsados en la Ciudad de México. Los helicópteros son presagio de catástrofe. Temblor de 7.1 con epicentro en Morelos. Las calles están abarrotadas de gente, nadie quiere entrar a su casa: la intemperie ahora es más segura. La naturaleza nos ha dado un madrazo en la confianza, nos ha devastado la única seguridad posible. La Condesa, la Del Valle, La Roma, Lindavista, la Doctores, Lomas Estrella, Tlalpan, San Antonio… Comienza la verdadera tragedia. Hay uno dos, diez, cincuenta muertos, más desaparecidos, crisis nerviosa. Las generaciones se unen, se hermanan en un abrazo fraterno. No hay distingos. La deturpación, la bahorrina, la inopia son nuevos habitantes, el rostro alterado de la ciudad. Ese rictus devastado de quien ha perdido una pelea. Comienza, también, la solidaridad: víveres, medicamentos, ropa, palas, picos, cascos, guantes, manos, sobre todo manos, las que levantan piedras, quitan al polvo su totalidad, lo limpian, no le temen.

Polvo, ¿por qué vendrás de tan lejos? De 1985, tal vez.

Ciertamente algo cruje, algo en alguna parte se está muriendo a escombros… No son, no pueden ser, no lo serán en este presente ni en el futuro los nueve millones de la CDMX los únicos afectados. Está la gente de Chiapas, Oaxaca, Morelos, Puebla y el Estado de México. Estos dos primeros estados se han enfrentado a una crisis que los rebasa desde hace mucho tiempo: la pobreza. Y ahí están, de nuevo, todos aquellos que comienzan a politizar la tragedia. Aquellos que ya entendieron que su mejor propaganda de campaña fue esta tragedia. Que este es el verdadero arranque para las elecciones: entrevistas, declaraciones, su rostro, y el de su partido, frente al televisor, en las redes sociales, en la radio, sin que nadie les diga que están adelantándose a los tiempos. Ellos son solidarios, aseguran. Al tiempo…

HASHTAG. Por cierto, qué les extraña de la generación millennial. A lo largo de los años demostró que es activa, que sale a la calle, que se manifiesta, todos a través de su herramienta: la tecnología. Hoy los ven con asombro, los reconocen, los revalorizan. Creo que el problema estuvo en aquellos que nunca quisieron mirar de frente.

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