El Ronco

Provocador innato, en el sentido más digno de la palabra, no se arredraba ante las más riesgosas y delicadas situaciones.

Dicen que la costumbre de poner apodos a la gente es de origen antiguo, indoamericano. Lo que otros, despreciativos, llamarían prehispánico o precolombino, dando a la europeidad un protagonismo que no merece. Las culturas indias perviven, maltratadas y arrinconadas, hoy. Y hasta el siglo XVII gozaban, pese a todo, de una vitalidad considerable, y sus integrantes representaban la mitad de la población de nuestro territorio.

No está mal recordarlo ahora que los gachupas insisten en celebrar su fiesta nacional el 12 de octubre no cuando se liberaron de la opresión extranjera, sino cuando esclavizaron otros pueblos. “Día de la Hispanidad”, lo llaman con orgullo. Estulto e inicuo orgullo, ciertamente.

En fin, dicen, digo, que nuestros apodos constituyen una usanza india. No estoy del todo seguro, pues en otros países y continentes también existen. No con la amplitud y asiduidad obsesiva con las que los utilizamos aquí, es cierto. Allá, además, son más bien diminutivos, no tanto sobrenombres. Entre nosotros muchos de los alias designan animales, lo que emparenta tal tradición con la del mítico nahual.

El caso es que mi amigo El Ronco, desempleado de profesión buscaba, como siempre, empleo. Me pidió ayuda y yo a él, al que nunca pude negarle nada, lo recomendé con mi otro amigo El Chale, a la sazón secretario de Transporte y Vialidad del GDF, durante la gestión de Cuauhtémoc (he ahí un ejemplo, precisamente, en el que nombre y sobrenombre se confunden). El Chale a su vez lo remitió con uno de sus subalternos y también buen amigo mío, El Simón, director general de Transporte Público, con el fin de que le diera chamba.

En sus respectivos papeles y funciones especiales, El Ronco era llamado Alfonso Molina; El Chale, Jorge Martínez Almaraz, y El Simón, Ramón Cárdenas. Así, pues, El Ronco se presentó en la oficina de El Simón y le informó a la secretaria que tenía cita con el licenciado. Ésta le dijo que se sentara y esperara un momento. En eso estaba cuando apareció el funcionario.

Ambos se reconocieron inmediatamente, después de años de no verse, y se fundieron en un estrecho y emocionado abrazo. “¡Simón!”, “¡Ronco!”, “¿Qué haces por aquí?”, “Vengo a ver a un tal licenciado Ramón Cárdenas, el chipocludo de aquí, ¿Y tú qué?” “¡Pues ése soy yo, Ronco!”, “¿Tú eres Ramón Cárdenas, Simón?” preguntó El Ronco, sorprendido y entusiasmado, “Simón —contestó El Simón, riendo divertido— orita platicamos, nomás espérame, porque tengo que recibir a un profesor Alfonso Molina”, “¡Pues yo soy Alfonso Molina, Simón!”, exclamó El Ronco aún más entusiasmado, “¿Eres tú, Ronco?” y se trenzaron en otro abrazo en medio de las carcajadas.

El Ronco fue nombrado jefe de una terminal de peseros, no sé cuáles, allá por Iztapalapa, con instrucciones precisas de poner orden entre las distintas mafias de microbuseros. Supongo que lo logró. Lo que no consiguió fue conservar el puesto por mucho tiempo, como siempre. Tampoco, dicho sea de paso, lo consiguieron ni El Chale ni El Simón. Así es este juego de la espada de Damocles entre los funcionarios públicos.

No sé exactamente por qué escogí esta anécdota, entre las docenas que protagonizó el queridísimo, impredecible Ronco. Es, sin duda, muy divertida e ilustra bien ese ambiente y ese estilo particulares que reflejan ciertos círculos en los que se mueven muchos de mis allegados. Sin embargo, tal vez no es la que retrata mejor a ese inasible personaje. Personaje en toda la intensión y extensión de la palabra.

Sin duda al iniciar estas líneas pensé en relatar tres o cuatro de los imborrables episodios que propició y encabezó, pero me dejé llevar por el deleite del relato y ahora ya no tengo tiempo ni espacio. Es esa una de las lecciones que tengo de mi Ronco: el tiempo y el espacio se acaban siempre. Se agotan.

Fue uno de los protagonistas indiscutibles del Movimiento Estudiantil de 1968. Su carácter arrojado, aventurero y en buena medida desfachatado lo convirtieron en el emblema del sector más arrabalero y popular del colectivo universitario.

A menudo le decía yo que era el líder de la fracción lumpen del Movimiento, y él se reía, cómplice y divertido. Y, en efecto, fue líder indiscutible y habría sido lumpen si no hubiera sido su vida entera ese hombre culto, noble y comprometido hasta las cachas con la revolución y la magnífica e ingrata causa de la liberación de los hombres. Provocador innato, en el sentido más digno de la palabra, no se arredraba ante las más riesgosas y delicadas situaciones. Hombre de acción, encabezó no pocas iniciativas impensables, que algún día, de alguna manera y en algún lugar, habré de compilar y relatar.

Para él resultaba divertido incordiar dirigentes oportunistas, solía olfatear las ocasiones, en numerosas tribunas ampulosas ninguneaba todo aquel cuya alocución merecía alfilerazos. Vapuleaba inclemente con atrevimiento nunca ofensivo esos señoritos tan arrogantes.

Muy pocas veces debo terminar un texto con esta amarga sensación de no haber dicho todo lo que hubiera querido, todo lo que la memoria del profesor Alfonso Molina exige y merece. Hoy ya no está con nosotros. Murió de una manera que no le correspondía, en una cama de hospital, víctima no de su arrojo, sino de su desapego. Nunca pensó en él mismo. Los que gozamos de esa caricia del destino que fue saberlo, sí pensaremos, no dejaremos de pensar, en ese impertinente, impresentable, insustituible, inefable, entrañable Ronco.

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