Marabunta
Se veía venir. Al menos quienes están ahí presuntamente para ver y prever debían haberlo visto y previsto. La atildada y refinada Europa vive hoy el peor drama humano del que ha sido escenario en los últimos setenta años, desde la Segunda Guerra Mundial. Una verdadera avalancha de refugiaditos miserables se le ha venido encima, y la orgullosa y siempre pulcra Unión Europea se ve del todo desbordada.
Sus sofisticados sistemas de control y seguridad se han venido abajo. Los que siempre saben qué hacer, esta vez se ven desconcertados e impotentes.
Que a los oriundos del África y del Asia Menor les laten un buen los parajes europeos, no es cosa nueva. Hace milenios que de una manera u otra, en un plan u otro, han migrado, invadido u ocupado. De hecho así se pobló, cuando los abuelos de neardentales y cromagnones llegaron en tour, precisamente desde África y, más precisamente aún, a través del Medio Oriente.
El flujo nunca se detuvo, y mucho después se sucedieron las guerras de conquista y colonización propiamente dichas, primero de los árabes en occidente y después de los otomanos en oriente. Dicho sea de paso, no entiendo porque insistimos en llamarlo el “Viejo Continente” si es bastante más joven que África o Asia. Y tampoco entiendo porqué el Norte posee tal fuerza de atracción, no sólo sobre la manecilla imantada de brújula. Es decir, sí lo entiendo, pero no por ello deja de asombrarme.
La actual invasión no es armada como aquellas, pero no por eso menos tremenda. Se trata de auténticas cohortes de miserables que huyen de la hambruna y de la guerra. O simplemente de aquellos que, seducidos por el espejismo del “desarrollo”, aprovechan el tumulto para hacerse de espacios que suponen más propicios y promisorios.
Aunque el fenómeno es antiguo, las cosas empezaron a complicarse en serio hará apenas unos quince o veinte años. Es, digamos, uno de los más desgarradores signos distintivos del nuevo siglo. La actual avalancha migratoria se inició de nuevo en Poniente, cuando miles de habitantes del Magreb, arriesgando su vida -y a menudo perdiéndola- se lanzaron a cruzar el Estrecho de Gibraltar en las inconcebibles “pateras”, más frágiles que una trajinera, en busca de las costas andaluzas, otrora suyas. También se aventuraron hacia las Canarias o través de los enclaves coloniales, Ceuta y Melilla, que España mantiene en África.
La segunda ola, mucho más temeraria, se produjo y se sigue produciendo en el centro del Mare Nostrum, cuando los intrépidos y/o desesperados emigrantes, procedentes de diversos países, algunos incluso subsaharianos, se lanzan desde las costas de Libia hacia la lejana Sicilia. Tanto en un caso como en otro el costo en naufragios y vidas humanas es aterrador y no cesa de llenar los espacios noticiosos del mundo. Las guardias costeras no se dan abasto. O prefieren no dárselo.
Muchos de los que han tenido la suerte -buena o mala, ya no lo sé- de desembarcar y lograr atravesar el Continente hasta el Canal de la Mancha con la ilusión, en ambos sentidos de la palabra, de poder treparse a un tráiler-submarino que los transporte hasta la soñada Albión, yacen amontonados sobre los añicos de su esperanza, en campamentos gigantescos e impresentables.
El tercer tropel, que ha alcanzado la categoría de auténtica catástrofe humana desde la semana pasada y que hoy desencadena una trágica crisis a nivel continental, procede sobre todo de Siria, verdadero infierno construido con todo esmero y a plena conciencia por la Casa Blanca y el Departamento de Estado. Pero también acarrea contingentes del Kurdistán, Irak y Afganistán.
La travesía marítima es más sencilla que en los otros dos casos. Después de atravesar toda Turquía, llegan a las islas griegas de Lesbos y Kos, muy cercanas a la costa asiática, y de ahí bajo la muy diligente y poco generosa guía de los polleros locales hasta Atenas.
Ahí empieza el hipotético periplo terrestre de tres mil km. Hasta llegar al más hipotético aún paraíso terrestre de Alemania, a través de Macedonia, Serbia, Hungría y Austria. En estos precisos momentos se encuentran en ruta unos 200,000, sin abrigo ni sustento. El poco dinero que poseen se les va en coyotes.
Grecia, como Turquía, de plano se hacen pendejas y simplemente los dejan pasar. Tienen sus propias broncas. La pequeña Macedonia, curiosa y honrosamente, una vez que vio imposible contener el alud se hace cargo. Ahora la columna ya está atravesando Serbia, y esta misma noche llegará a Subótica, en la frontera con Hungría, cuyo gobierno recalcitrante se ha propuesto no dejarlos pasar a ningún precio. Tal cual. El quid estriba en que Hungría ya pertenece a la UE y a la Zona Schengen, dentro de la cual ya no está permitido instalar controles fronterizos. Tal cual.
Ayer lunes la canciller alemana se reunió con el Presidente francés con tal de enfrentar la situación, establecer una estrategia y una alternativa a nivel continental y asignar cuotas de acogimiento de refugiados para cada país.
Plantear la alternativa no trae asociada su necesaria ubicación en varios aspectos sombríos. Vorágines inimaginables exigen justicia a su brutal realidad obteniendo nimias concesiones afrentosamente someras. Alemania y Macedonia intentan vanamente incrementarlas.
Así están las cosas, preclaro lector, en el momento de teclear estas líneas. Cuando lleguen a usted probablemente ya estarán de otra manera. Nos encontramos frente a una verdadera, impensable Marabunta. Sólo que esta vez las hormigas no son las agresoras sino las víctimas.
