Luis Wertman Zaslav
Cada delito tiene una lógica y condiciones específicas para ser cometido; existe un sentido de oportunidad y también de buscar sorprender a la víctima, pero el denominador común del crimen es la preparación y la observación.Reducir cualquier actividad delictiva al ...
Cada delito tiene una lógica y condiciones específicas para ser cometido; existe un sentido de oportunidad y también de buscar sorprender a la víctima, pero el denominador común del crimen es la preparación y la observación.
Reducir cualquier actividad delictiva al hecho, nada más, priva a una sociedad de entender las causas que lo motivan, los códigos que se construyen para que sucedan y, sobre todo, las complicidades que tienen que desarrollarse para que no se castiguen con la frecuencia que necesitamos.
Existe un esfuerzo constante de difusión de los avances de investigaciones y los logros que se obtienen a lo largo de las mismas; sin embargo, para ese momento, ya pasamos a otro tema de la coyuntura informativa y el capítulo siguiente de la historia —o su conclusión— quedan en un triste segundo plano.
No socializar modus operandi, compartir medidas de prevención y construir una cultura efectiva de la paz, equivale a caminar por las calles con una venda en los ojos. Ningún criminal, lo he compartido antes, cuenta con facultades especiales o poderes extraordinarios, simplemente aprende las formas y las reglas no escritas de una actividad ilegal que comete porque, con ello, obtiene dinero fácil, rápido, y una dosis de poder que, entre otras adicciones, crea una imagen falsa de lo que significa transgredir la ley.
Porque, para empezar, el delito es una industria similar a las que consideramos legales y cuenta con una estructura de diferentes niveles a los que no se accede fácilmente. A diferencia de sectores económicos lícitos, en ése hay menos meritocracia y los ascensos se pueden conseguir únicamente con sangre y fuego. El origen es la falta de oportunidades e, irónicamente, el reflejo de los abusos cometidos por quienes deberían poner el ejemplo y comportarse de manera correcta.
Así se nos han ido décadas, ignorando las consecuencias de enfocarnos en un crecimiento material a toda costa y aprovechando las supuestas oportunidades que brindaba la corrupción y la impunidad. Hoy, el esfuerzo de miles de mujeres y hombres, de una mayoría social también, se dirige a corregir el lamentable caldo de cultivo que permitió el desbordamiento de la violencia.
Contrario a lo que puede decirse empíricamente acerca de los delitos, quien los comete no nace, se hace en un camino de descomposición social, rompimiento de los vínculos familiares y la adopción de estereotipos que le sirven a muchos intereses para confundir, en particular, a los más jóvenes para que engrosen las filas de bandas y organizaciones delictivas con expectativas de riqueza, pero resultados de tragedia.
Podemos hablar aparte de muchos delitos de alto impacto que gravitan en torno al comercio ilegal de sustancias, con drogas cada vez más poderosas y de fabricación barata; no obstante, son los crímenes del fuero común, varios de competencia federal, los que agobian todavía a medio centenar de municipios en donde se ha concentrado esa violencia que tanto condenamos.
Los avances están ahí, su narrativa ayuda a que muchos ciudadanos puedan formarse un criterio sobre lo que ocurre en sus localidades, pero el impacto de una agresión, en video o en fotografía, borra lo que se diga acerca de la disminución real de la mayor parte de los delitos, mucho más si alguien o nosotros mismos somos víctimas de alguno; en ese instante los números no sirven ni siquiera para dar contexto.
Sólo que socialmente tenemos consciencia de lo que nos pasó y observamos lo que se hace para sacar a flote la seguridad en todo el país; lamentablemente, este es un tema tan delicado que con facilidad entra en el remolino de los intereses, la competencia electoral y el enfrentamiento de dos modelos antagónicos sobre cómo debe conducirse el país.
Como ciudadanos deberíamos tomar partido por construir la paz, sin importar otras preferencias, para alejar las soluciones del conflicto político y mediático, porque la necesidad de seguridad en general y los delincuentes pocas veces toman en consideración las filias o las fobias de sus víctimas, a menos de que haya un pago de por medio.
Comprender origen, causas, consecuencias y posibles soluciones nos ayudará a poner el tema de la seguridad en un marco de discusión objetivo, de colaboración civil para aumentar el índice de denuncias y de cooperación con autoridades y fuerzas del orden que diariamente demuestran su voluntad y compromiso para que logremos vivir con tranquilidad.
Como colaborador de Grupo Imagen, de Excélsior, dejo constancia de mi solidaridad con el periodista Ciro Gómez Leyva ante la cobarde agresión que sufrió en días pasados. Se detendrá a los culpables, que no haya ninguna duda, y sabremos quién y por qué de un ataque así. Ningún periodista debe correr riesgo en el ejercicio de su profesión y aseguro que esa es la convicción del gobierno de México.
