Corea: la guerra interminable

El hecho de que el gobierno de Seúl permanezca tranquilo es prueba de que no hubo una declaración de guerra.

La guerra supuestamente declarada por la República Popular Democrática de Corea (Corea del Norte) a la República de Corea (Corea del Sur), fue resultado de un error de traducción cometido por agencias de noticias internacionales, que en ningún momento se preocuparon por rectificar. El texto original de la respectiva declaración de Pyongyang, señala que, en caso de que las provocaciones enemigas vayan en aumento, su gobierno reaccionará de acuerdo a las leyes de los tiempos de guerra.

El hecho de que el gobierno de Seúl permanezca tranquilo, más allá de la retórica belicista de la presidenta Park Geun-hye —hija del dictador militar Park Chung-hee— es prueba de que no hubo una declaración de guerra, sino una referencia a otro hecho, que también se ignora, o se soslaya convenientemente: en 1953 terminó la guerra de Corea con un armisticio que restauró la frontera común cerca del paralelo 38 y creó la zona desmilitarizada, una franja de cuatro kilómetros de ancho. No se firmó un tratado de paz, por lo que el estado de guerra subsiste hasta la fecha.

Debido a ello, los sudcoreanos no tomaron la declaración de sus vecinos del norte como una nueva amenaza, sino como parte del lenguaje agresivo que ha caracterizado las relaciones bilaterales durante los últimos meses. “Todas las acciones del gobierno, los partidos políticos y las organizaciones se llevarán a cabo ahora a partir del hecho de que nuestro país se encuentra en estado de guerra con Corea del Sur”, dio a conocer un comunicado de la KCNA, agencia noticiosa oficial norcoreana. El Ministerio de la Unificación sudcoreano se limitó a comentar que “no es una amenaza nueva, sino la continuación de sus amenazas provocadoras”.

A principios de marzo, Pyongyang respondió con dureza a los ejercicios militares conjuntos de Estados Unidos y Corea del Sur. Los norcoreanos se sintieron particularmente agredidos cuando un bombardero estadunidense B-52, que puede estar armado con ojivas nucleares, se acercó tres veces a su frontera, en un simulacro de ataque.

Como si lo anterior no fuese suficiente, Washington envió a la península dos bombarderos B-2 Stealth (de los llamados invisibles), capaces de llevar hasta 16 ojivas nucleares, que arrojaron bombas sin carga sobre una isla sudcoreana, en la frontera con Corea del Norte. Y la escalada militar estadunidense no cesa: al menos un destructor equipado con misiles teledirigidos, navega por el Pacífico rumbo a Corea; ya está en funcionamiento la plataforma naval SBX-1, para monitorear los movimientos militares en Corea del Norte; y no se descarta que otros buques se incorporen a la misión.

A su conveniencia, Estados Unidos decidió interpretar literalmente las declaraciones de Pyongyang, según lo dio a conocer la portavoz del Consejo de Seguridad Nacional, Caitlin Hayden; pese a que es obvio que Corea del Norte no dispone de misiles capaces de alcanzar las bases estadunidenses en el Pacífico, “ni pretende suicidarse atacando a nadie”, comenta Alexánder Jramchijin, del Instituto de Análisis Político y Militar de Moscú.

Hace algunos días, en la frontera entre las dos Coreas se produjo un accidente que pudo provocar una guerra. Un soldado sudcoreano arrojó una granada de mano en dirección al territorio de Corea del Norte, porque supuso que alguien intentaba cruzar la frontera. Fue un ataque de nervios. La alarma resultó falsa. No hubo muertos y el incidente ocurrió sin mayores consecuencias, pero las tensiones en la península se exacerban, pues Washington considera que si acaba con el régimen norcoreano, estará en mejor posición estratégica para presionar a China y consolidar su presencia en la región.

Independientemente de la opinión que merezca el régimen norcoreano, que bajo la escenografía de un Estado marxista ha construido una monarquía absolutista hereditaria, el hecho es que el expansionismo estadunidense sigue siendo la mayor amenaza para la paz del mundo, en este caso con una escalada creciente de provocaciones, que puede rebasar toda oportunidad de contención.

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