La conservación de las especies no es cursilería

El planeta vive una profunda crisis, suma de males y perversidades, en cualquier frente en el que se mire. Estamos emproblemados hasta el tuétano en lo político, económico, social y ambiental. Las guerras son perennes por agua, por territorios, por religión, por fanatismos, o por lo que sea. Somos una calamidad.

Derivado de lo anterior, muchos y complicados son los desafíos que las sociedades, los gobernantes y los líderes mundiales deben enfrentar y resolver —hoy y mañana— porque son demasiadas las dificultades que ha ocasionado el ser humano a lo largo del tiempo.

Estamos llegando al punto sin retorno, en el cual los reinos animal y vegetal están perdiendo la batalla frente a grandes y graves amenazas: la matanza de especies, la pérdida de hábitats y el cambio climático con todo y sus catástrofes debido a la soberbia del progreso, pero, sobre todo, de las ganancias y la deshumanización.

Cada año van sumándose más animales a la lista roja de especies extintas, en peligro o alto grado de extinción o vulnerables.

De acuerdo con el informe Planeta Vivo 2016 del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés), como consecuencia de las actividades humanas, se está sometiendo a la vida silvestre global (peces, aves, mamíferos, anfibios y reptiles), la cual podría disminuir en hasta un 67% en el periodo comprendido de entre 1970 a 2020.

Desafortunadamente este tipo de información, que a los científicos les ha llevado años de estudio para alertarnos de las consecuencias de nuestros actos, pasa inadvertida por indolencia, porque anteponemos el “yo no fui”, o creemos que no nos afecta. Y se supone que somos la especie más evolucionada (homo sapiens).

Aunque por irracionales hemos fallado al enviar al catálogo de especies extintas al tigre de Java, al tigre persa, al leopardo nublado de Formosa, al oso pardo mexicano, al león marino japonés, a la cabra de los Pirineos, al rinoceronte negro, a la foca monje del Caribe y a la tortuga gigante de las Galápagos, sólo por mencionar algunas. Y están por irse muchas más.

En días pasados nos enteramos que el animal más alto del planeta, por la longitud de sus cuatro patas, pero sobre todo por su largo cuello y pelaje dorado con manchas cafés, ya está catalogado como especie vulnerable en la más reciente Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Sí, es la jirafa, que Jean-Baptiste Lamarck y Charles Darwin emplearon para explicar la evolución de las especies. Su población está disminuyendo (40% en las últimas tres décadas) como consecuencia de la destrucción de su hábitat, la caza furtiva, la agricultura descontrolada y la minería, de acuerdo con un informe dado a conocer la semana pasada en la Conferencia de las Partes del Convenio sobre Diversidad Biológica (COP13), que se llevó a cabo en Cancún.

El cambio climático es otra amenaza para todos los seres vivos, incluido el humano, pero animales y plantas son más frágiles ante este fenómeno.

Ahí está el caso del majestuoso oso polar, cuya población estimada en 26 mil ejemplares declinará un 30% en los próximos 35 años por el rápido deshielo de su hábitat, el Ártico, de acuerdo con un estudio dado a conocer hace unos días por la publicación Biology Letters de la Royal Society.

Otra investigación científica, publicada el jueves pasado en la revista PLOS Biology, indica que casi la mitad de las plantas y animales, que intentan adaptarse al cambio de la temperatura de sus hábitats, terminarán extinguiéndose por ser incapaces de sobrevivir a las nuevas condiciones en la medida en que la Tierra continúe calentándose.

La pérdida de la biodiversidad en las últimas décadas es en verdad alarmante y debemos entender que la conservación no es salvar animalitos o abrazar árboles. Va más allá.

Se trata de preservar nuestro ambiente, el cual nos da aire, agua y de comer a una población mundial de más de siete mil 430 millones de personas. Por lo tanto, procurarlo es por nuestra propia supervivencia.

Abejas, mariposas, aves, escarabajos y murciélagos, entre otras especies polinizadoras, están siendo dañadas por la actividad humana y sin ellas, cultivos como los de manzana, café y cacao serán gravemente afectados, de acuerdo con la FAO.

No es cursilería y ojalá llegue el día en el que a los animales y las plantas, por muy pequeños que sean, les demos el valor y la protección que merecen.

Twitter: @lorerivera

Temas: