La desgracia de la caída petrolera para México
Cuando el Estado tiene problemas en sus finanzas, lo primero que ajusta son sus inversiones. Las carreteras, puertos y hospitales no protestan cuando les pasan la tijera. En cambio, si se recortaran beneficios a los trabajadores públicos habría protestas.

Leo Zuckermann
Juegos de poder
Ocupados con la recaptura de El Chapo Guzmán y la detención de Humberto Moreira, no hemos tenido tiempo de analizar el problemón de la caída de los precios del petróleo para México. Estamos frente a una nueva crisis fiscal del Estado que hasta ahora se ha podido capotear gracias a seguros, que cada vez dejan menos, y recortes en la inversión pública que este año alcanzará un mínimo desde hace siete décadas.
En 2014 comenzó la caída de los precios del petróleo en el mundo. Sin embargo, ese año México pudo vender su mezcla de exportación en un promedio de 86 dólares por barril. Como es ya costumbre, la Secretaría de Hacienda salió a comprar coberturas de los precios del petróleo para 2015. Logró asegurar la venta del barril en 79 dólares. Pero este seguro cuesta. En el caso de 2015 el gasto fue de aproximadamente cinco dólares por barril, lo cual quiere decir que México pudo vender ese año a 74 dólares el barril en el neto. Si tomamos en cuenta que el petróleo mexicano se vendió durante 2015 a un promedio de 48 dólares, pues gracias a la cobertura se ganaron unos 26 dólares extras por barril exportado. De acuerdo con Bloomberg, esta transacción fue la que dejó mayores rendimientos en el mercado de derivados petroleros mundiales el año pasado. Con las coberturas, se pudo paliar el efecto de la caída de los precios del crudo.
Sin embargo, el precio del crudo siguió cayendo a lo largo de 2015. Hacienda hábilmente se adelantó y compró las coberturas de 2016 desde agosto del año pasado. Aseguraron un precio bruto de 49 dólares por barril para este año. Pero el costo aproximado del seguro fue de 6 dólares por barril, por lo que, en el neto, México venderá su petróleo en 43 dólares. Se trata de una caída de 42% del precio asegurado por barril comparado con el de 2015.
Esta tremenda disminución llevó a que el gobierno finalmente se apretara el cinturón en términos reales. Desde 2003 no habíamos tenido una disminución en el gasto público. Desgraciadamente el recorte para este año se concentró en el rubro de las inversiones. Ahí es donde Hacienda le metió más duro a la tijera. La inversión fija del sector público —estamos hablando de carreteras, aeropuertos, drenajes, etcétera, es decir, el gasto que más impacto positivo tiene sobre la economía— representó alrededor de 4.7 puntos del Producto Interno Bruto (PIB) en 2015. Para 2016 se proyecta que será equivalente a 3.2 puntos del PIB, una caída del 30% en términos reales.
El problema es que la inversión pública en México viene desplomándose desde 2009. De hecho, estamos en los huesitos en esta materia. De acuerdo con un reporte del CEESP, hoy por hoy, el país está en el punto más bajo de inversión pública como proporción del PIB desde 1939. Sí, leyó usted bien, desde el año en que comenzó la Segunda Guerra Mundial. Nunca antes el Estado mexicano había gastado tan poco en bienes de capital, ni siquiera durante los años de la llamada década pérdida de los ochenta con sus recurrentes crisis económicas.
Es un desastre. Porque si algo necesita este país son más inversiones físicas en grandes obras que nos conecten al mundo e incrementen el bienestar de la población. Pero no, paulatinamente hemos abandonado estos proyectos.
Y lo que viene es peor. Como demuestran los datos del CEESP, cada vez que el Estado mexicano vive una crisis fiscal, donde más recortan es en inversiones. Es impresionante, por ejemplo, ver la caída que tuvo este rubro después de la crisis de 1982: en prácticamente dos años se cayó la inversión pública en 50% como proporción del PIB y los recortes continuaron durante toda esa década. Luego se volvió a incrementar un poco pero, después de la crisis de 1994, volvió a caerse.
Así es la realidad mexicana: cuando el Estado tiene problemas en sus finanzas, lo primero que ajusta son sus inversiones. Es lógico. Las carreteras, puertos, hospitales y acueductos no votan ni protestan cuando les pasan la tijera. En cambio, los trabajadores públicos, que son la gran mayoría del gasto corriente, tienen capacidad de movilizarse si afectan sus intereses. Pueden armarle un borlote político al gobierno, gobierno que, por cierto, no tiene mucho apoyo popular que digamos. De esta forma, para evitar conflictos, se rebajan las inversiones, lo cual tendrá efectos negativos para una economía como la mexicana con grandes carencias de infraestructura básica.
Twitter: @leozuckermann