La hija de Moctezuma

Por Alonso Díaz De La Vega En alguna entrevista, Quentin Tarantino se calificó a sí mismo como un recolector de basura. Para Tarantino, el cine es una colecta minuciosa donde el gran arte se encuentra en los tiraderos de la memoria. El cine de explotación, las ...

Por Alonso Díaz De La Vega

En alguna entrevista, Quentin Tarantino se calificó a sí mismo como un recolector de basura. Para Tarantino, el cine es una colecta minuciosa donde el gran arte se encuentra en los tiraderos de la memoria. El cine de explotación, las cinematografías nacionales de países afuera de la globalización, significan la posibilidad de toparse con una toma, una escena, un gesto, que merece ser rescatado. En su cinta La hija de Moctezuma (2013), Iván Lipkies intenta salvar el legado de su madre, María Elena Velasco, o mejor dicho, La India María, de nuestra nacionalidad perdida entre su propio flujo histórico y el de Estados Unidos, cuya cultura se vuelve rápidamente la nuestra, pero el México que nos recuerda Lipkies es uno donde las buenas conciencias se imponen sobre el verdadero significado de lo mexicano. La tradición del humorismo blanco, típica de un país reprimido de sus expresiones como el abiertamente homosexual albur, significó el auge de figuras como Cantinflas, Chespirito y La India María.

“Me lleva la chinampa” o “Me tienen hasta la… coronilla” son ejemplos del lenguaje que abunda en la cinta de Lipkies no como recuerdo ni nostalgia, sino como retroceso a un tiempo cuando los mexicanos necesitaban suprimir sus expresiones para poder garantizarle entretenimiento a la familia entera. La hija de Moctezuma no es un tributo a la manera de Tarantino, que convierte cintas olvidables en manifiestos estéticos, aunque de ideas indefendibles. Lipkies no homenajea ni recuerda las cintas de La India María: las revive como parte de un México que ya no debería existir, es decir, uno cuando la supresión procreó una manera de hablar y, de manera más preocupante, una manera de pensar. Aunque la sátira es una necesidad de todas las culturas, las que protagonizaba La India María partían de un enojo que ofuscaba el pensamiento crítico, como lo hace ahora La hija de Moctezuma. Para Lipkies, los gringos son despectivos, los políticos, malévolos y los indígenas, herederos de una cultura saqueada. Después de 500 años, los españoles aún son sólo gachupines. El sentido del humor de esta película refleja más un rencor que una divergencia; es una fantasía en que la mexicana más despreciada, la maría, asciende del asfalto al trono, de la limosna al reconocimiento.

Ver La hija de Moctezuma no sólo es presenciar la glorificación de lo despreciable con su estética de videohome y sus chistes vetustos, sino renunciar a las libertades que florecieron con la caída de la presidencia imperial. La sátira ataca a Vicente Fox y Felipe Calderón, pero nunca se dirige al régimen moderno, como si la preocupación de nuestros días fuera el debilitado panismo. Por pobre que haya sido, la voz de La India María siempre fue la de un descontento, pero ahora, como nunca antes, es la de un anacronismo.

Dirige:

  • Iván Lipkies.

Actúan:

  • María Elena Velasco.
  • Rafael Inclán.
  • Eduardo Manzano.

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