La rama cruje…

El que el Presidente de México haya recibido anteayer en 
Los Pinos a los dos secretarios de gabinete enviados por Donald Trump es otro exceso que sólo se explica por la tradicional cortesía, que es parte del modo de ser mexicano. 
Buscar otra justificación nos adentra a los interminables argumentos que hemos leído y escuchado sobre ésta, la más reciente prueba de la suavidad, otros dicen debilidad, con 
que nuestro primer mandatario ha tratado a Trump desde el primer insulto 
que el burdo inquilino de la Casa Blanca nos lanzó.

El desprecio y hasta la hostilidad de Estados Unidos hacia México no son nuevos, son seculares. Se habrán moderado con programas oficiales como aquella Política del Buen Vecino, pero perdura la altivez racial de aquellos puritanos, refugiados ellos mismos, que fundaron las primeras trece colonias británicas.

Si a blasones vamos, el mexicano es heredero de unos mucho más antiguos, como los que nos llegan en las poesías de los reyes indios o los que luego aportaría España, entonces el país más poderoso y culto del mundo. De poco sirve, sin embargo, poner a los estadunidenses en su lugar; el mundo cambia, pero ellos siempre operarán su política sin miramientos, con rudeza a veces ciega y brutal.

La desastrosa coyuntura a que el presidente Trump ha precipitado sus relaciones con México resume su conducta autista. Desconectado de la lamentable realidad actual, su vocero, Sean Spicer, declaró esta semana con sorprendente facilidad que las relaciones con México son fenomenales, ¡nunca han estado mejor!

Ese mismo día, en un discurso ante empresarios y después otro, precisamente antes de que sus enviados visitasen al presidente Peña Nieto, Trump se congratuló de las operaciones militares que se despliegan en las masivas deportaciones de ilegales para acabar con las mafias y los “malos hombres” que entran a su país.

Crasa contradicción con las garantías que su secretario de Seguridad Interior, John Kelly, daba en México enfatizando que ni habrá deportaciones masivas ni en ellas se vaya a usar la fuerza militar. ¿A quién hay que creer?

La discrepancia preocupa seriamente a los funcionarios de los dos gobiernos mientras proliferan noticias sobre detenciones arbitrarias, y centenares de aprehensiones en lugares públicos, como mercados y restaurantes, centros de detención insuficientes y albergues al tope que no pueden aceptar más rechazados ni atender a uno más.

Nuestra Secretaría de Relaciones Exteriores ya alertó a los 50 consulados a defender y estar muy cerca de nuestros nacionales en Estados Unidos. El nuevo embajador, Gerónimo Gutiérrez, se estrena con un cuadro de graves complicaciones que esperemos sepa superar. En lo económico, se defenderán las ventajas que ya tenemos en el TLCAN en la renegociación que se avecina.

Pero es indispensable acelerar el tono con el que desafiamos las tempestades que se acercan. Ningún otro lenguaje vale. Ahora que la rama cruje nuestras alas deben estar bien preparadas para lo imprevisto.

Tras del fácil letargo de la vida que llevábamos, sin políticas ni económicas, industriales o agrícolas, toca al gobierno rápidamente fincar pedidos a proveedores no norteamericanos de alimentos básicos, como maíz, frijol y sorgo.

A las organizaciones de empresarios apoyados en el Bancomext y ProMéxico ya se les hace tarde para exportar a todo el mundo y asociarse con sus colegas latinoamericanos, asiáticos y europeos. Es hora de retomar los programas de expansión que se abandonaron por preferir el mercado americano.

No sólo eso. Es primordial corregir la mentalidad generalizada de relacionar todo lo que concierne a nuestro desarrollo y vida diaria a  Estados Unidos.

No nos confundamos, la crisis que estalla no es sólo con ese país. La emergencia trae un mensaje claro de que ya nos llegó la hora de ponerle un alto a la desarticulación en todos los órdenes en que hemos caído.

Mucha de la debilidad nacional que nos pasma consiste en que hemos dejado que se adueñe de nosotros la idea de que, ante todo, hay que perseguir el éxito monetario aunque se marginen los valores de respeto a nosotros mismos; donde el sistema escolar y la publicidad se enlazan para celebrar el triunfo material sin importarle valores patrios ni morales.

Lo que presenciamos en Estados Unidos: violencias, mortandad, mafias, discriminaciones, drogas, deportaciones, cacerías humanas y de desprotegidos es el resultado de querer reducir problemas sociales al soberano criterio monetario de la ganancia segura. Seguir nosotros ese modelo es contagiarnos del desordenado futuro que ya acampó en nuestro vecino y que muy bien le está sirviendo a la insaciable ambición de Trump.

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