El señor miedo

Cuando hablas hacia adentro, las palabras no son tan necesarias,  por esa razón el resto de la conversación  se va sucediendo en silencio

En el silencio resuenan esas preguntas no pronunciadas y, sin más demora, parto hacia el país de los espejos. Perdida, pero con rumbo fijo en mi cabeza, camino sobre el arenoso suelo de la esperanza.

¿Lo encontraré? ¿Dejaré de buscarlo?

Diligentemente sigo mi camino, hasta llegar a la frontera donde terminan —pero también empiezan— los límites de lo conocido. Nunca he reparado en los peligros, sigo...

Ahí está... viva, creada y transformada como toda la materia... una muralla hecha de canciones de cuna, de ciudades lejanas, montañas nubladas, enjambres de luciérnagas, cosas perdidas y de torres que acarician las puntas de una estrella. Un muro invisible fabricado a base de honores, de gracias y promesas, de amaneceres y de cada tarde, de ideas, bienvenidas, sueños posibles e imposibles y todo lo que constituye a la materia cuando es sagrada.

Aprieto uno de mis amuletos. Sea lo que sea, esta cosa que divide mi mundo ideal con el real se trata de algo vivo.

Quiero entrar.

Hundo la mano hasta que pasa, hasta que entiendo que esta barrera de cristal es un guardián.

-¿Quién eres? —pregunto.

-Tu miedo.

Ahí está, hincado de cara a la pared, pensando en todas esas cosas que  existen como la nada misma, pero que no pueden tocarse.

-¿Por qué no me miras?  —te pregunto.

—Porque no tengo ojos, porque se te ha olvidado ponerme una mirada.

-¿Eres tú mi miedo? ¿El que debe protegerme? ¿El que se cuela tantas veces para desordenar mis pensamientos?

Intento darme la vuelta para ver esa cara que dejé incompleta en mi imaginación.

Nada. Ahora se tapa con el brazo.

Custodia el lugar sin perder su anonimato. Claro, pienso, si lo descubro, no podrá asustarme.

Cuando hablas hacia adentro, las palabras no son tan necesarias, por esa razón el resto de la conversación se va sucediendo en silencio.

He llegado hasta aquí, déjame entrar.

De la misma manera, en un murmullo que pareciera que proviene de las profundidades de mi oído, él me responde: “Nada es afuera, como nada es adentro”.

No tengo ganas de ponerme filosófica, así que decido seguir dando pasos hacia donde está. Nunca imaginé lo que sería tenerlo tan cerca y poder escuchar su muda voz... siento ese nudo en la boca del estómago, el que siento siempre cuando él se acerca, pero, sin pensarlo, me paro junto a él.  Sus gritos aturden mis pensamientos, pero aun así logro rescatarla... se trata del rescate de una idea.

Me acerco, él tiembla. Le arranco de golpe el sombrero y, como por arte de magia, desaparece. Es ahí cuando lo entiendo, ese ser que, por un pequeño descuido mío, vivió sin conocer la luz y la belleza; sólo existe cuando no lo veo.

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