Ejercicio sobre la compasión

Escribir e intentar entenderme un poco más reflejándome en el otro y, así, comienzo a imaginar de dónde viene el malestar

Suena mi teléfono, bruscamente un hombre me dice: ya llegué.

Recarga el brazo en la ventana y, desde el otro lado de la calle, grita: ¡Julia!

Sí, soy yo, contesto.

Me subo.

Hey, pa, fuiste pachuco,/También te regañaban./Hey, pa, bailabas mambo..., a todo volumen.

–Puede bajarle a la música, por favor.

Lo hace, disminuye los decibeles lo suficiente para seguirme atormentando y poder seguir degustando plenamente de lo que, según él, es una pieza musical.

Intento distraerme y respirar, pero en cuanto vuelve el coro, le digo: ¿Le puedo pedir un favorsote? ¿Le apagaría  mejor? Al instante expulsa un suspiro de desesperación y, al mismo tiempo que acelera, mueve los botones de mala gana. Lo miro por el espejo retrovisor y alcanzo a percibir lo que queda del gesto. ¿Las personas haremos los ojos para arriba de manera natural cuando nos falta la paciencia o es algo que vamos aprendiendo de generación en generación? No tengo ningún interés en romper el “silencio incómodo”, así que decido escribir. Hace unos meses, mi amiga Fernanda me invitó a un supuesto taller literario y ha resultado ser un espacio terapéutico de expresión sico-íntimo, catártico, a través de la escritura. La tarea para hoy es sobre la comprensión y la compasión, a grandes rasgos, la consigna es elegir a una persona que me irrita y, evitando cualquier juicio, tratar de entender el porqué. A mí la actitud de este conductor, que frena como a propósito para molestar, que va cayendo en cada agujero del pavimento, que se pasa los topes, que irradia enojo y satura el aire de este vehículo con su mal humor hasta volverlo denso, que hace caras y que, a murmullos, insulta a algunos de los otros conductores... me molesta profundamente, por lo general no soy tolerante ante estas situaciones, pero hoy este ser tan enojado me cae como anillo al dedo, pues puedo aprovechar otra de las cosas que más me irritan en la vida: el tiempo perdido en el tránsito, para hacer dos cosas que me encantan... escribir e intentar entenderme un poco más, reflejándome en el otro y, así, entre arrancones y frenones, comienzo a imaginar de dónde viene el malestar del conductor, son infinitas las razones que un chofer de esta ciudad tiene para perder la cordura que me es difícil elegir una para ponerme en su volante. Se ha quedado sin trabajo, su mujer le dijo esta mañana que está embarazada de su octavo hijo, precisamente cuando la noche anterior le había jurado a su amante, una hermosísima mujer de 25 años, que estaba a punto de dejar a su mujer. Su hijo mayor llegó ayer alcoholizado a altas horas de la noche, se  llevó el coche sin permiso y, obviamente, lo chocó. Descubrió unas fotos semieróticas en la computadora de su hija adolescente con su maestro. Por la mañana recibe una llamada, se había puesto mal su madre. Por salir aprisa y sin fijarse, pisa una popó de perro. Prende la radio y, al no poder creer las ridículas mentiras en el noticiario, decide buscar una canción que le dé paz... por fin la encuentra... comienza a relajarse y en ese momento le pido que renuncie al único momento de disfrute que había tenido en la semana.

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