Encuentro
Ella inclina la cabeza, pero el peinado deja al descubierto esa mirada con la que viaja
Fingí no notar que su presencia era como la de quien se sienta en su banca favorita del parque a esperar. Ahí estaba, acomodada a la orilla de un sillón que le quedaba demasiado grande. Ese listón rosado que se había desatado de uno de sus tobillos por momentos rozaba la madera. Son sutiles las pruebas fehacientes de la magia cuando se manifiesta.
Sus pies cuelgan del trono, pues nada más y nada menos se trata de su majestad: la reina de este instante. El gesto de su boca disimula, al tiempo en que me deja ver una decepción futura, que muy probablemente habrá de suscitarse por la dolorosa, necesaria y paulatina pérdida de la inocencia.
Ella inclina la cabeza, pero el peinado deja al descubierto esa mirada con la que viaja, como un equilibrista, por la línea del horizonte de ese universo de tinta y de papel.
Yo leo para encontrarme, sin embargo, pareciera que ella se encuentra ahí.... para esperar. Una niña vestida de bailarina de ballet lee un cuento. Es así como debió haberse titulado esta descripción. No consigo ver el título ni la portada, pero por alguna razón soy capaz de sumergirme en ese mundo. Ella es libre, lo sé porque recuerdo la sensación de voltear las páginas justamente de ese modo.
Le pertenezco al tiempo, pienso, y aunque no lo parezca, también la pequeña bailarina. Así son los encuentros.
Interrupción... Se acerca a saludar un exprofesor, ahora amigo, y después de una honda como corta conversación se despide mientras se levanta de la silla y, alzando uno de los dedos de la mano izquierda, dice: “Eres víctima de la posmodernidad”.
No recordaba que fuera zurdo. Sigue ahí. Los estantes repletos de libros son el adorno en las paredes de su propio reino; ella es la sultana más amada del tiempo presente.
Soy víctima de muchas cosas. Mientras parpadeo pienso que, para la mayoría de nosotros, la libertad es sólo una idea. Llegó su madre. Era cierto, la pequeña bailarina se encontraba ahí sólo para esperar.
