Leer

Leo para conjugarme, para sincronizar mi alma con la de otro, para reflejarme

Junto a mi computadora está Las cosas, el libro de Georges Perec. De él sale una silla que en el respaldo tiene dibujado un cuento, un perro azul, un hada de cobre, un elefante de plástico, la deidad hindú de cuatro brazos, un jarrón de porcelana, una cajita de madera y la cerradura de una puerta. ¿Qué hace la diosa Durga entre tantas banalidades? Del otro lado, un libro de Muriel Barbery abierto en la página 146 y uno de Luis Cernuda cerrado.

Cuando salgo de mí misma lo hago para encontrar historias reales que alimenten mi fantasía. La literatura se ha vuelto mi aldea desde hace mucho tiempo, y en esos aparentes escenarios es donde me pierdo y ahí también es donde vuelvo a encontrarme.

Tengo al mundo en un librero. Todo mi universo cabe en los estantes de este mueble.

Yo leo para sentirme acompañada. Dicen que como los perros, los libros también pueden ser buenos compañeros. No me atrevería a comparar a mis amigos los canes con un texto, aunque admito que hay libros muy rabiosos y perros muy leídos.

Leo para conjugarme, para sincronizar mi alma con la de otro, para reflejarme en ese espejo indeleble de la tinta, para pedirle al filósofo —sin que se moleste— que repita cuantas veces sea necesario su concepto, para inventar preguntas y rehacer verdades, para emocionarme, para matar el tedio o bañarme desnuda bajo una llovizna de belleza.

Leo para contagiarme de ese miedo que no es mío, pero que entiendo. Leo porque lo necesito y para sentir la caricia de la palabra lengua, porque la vida es distinta junto a un libro, porque se vive mejor en las casas decoradas por libreros, porque las letras construyen mundos mejores aunque narren catástrofes personales.

Leo para seguir ignorando lo que nadie sabe y constatar que para el bien vivir es suficiente con aprender el significado de algunas palabras como estas: amor, tiempo, sueño  pasión, olvido y muerte. Leo para callar el ruido, para embelesarme en el paisaje que contemplo desde el libro más alto, para desenredar caminos de años y cruzar puentes hacia futuros inciertos, pero posibles por haber sido imaginados. Leo para jugar con el tiempo y no contra él, para buscarme  por capricho, por ser cómplice, para perderme y volver a encontrarme en esa oración infinita a la que llaman literatura, pero, sobre todo, leo porque cada mañana la vida se me abre en una nueva página y el mundo se vuelve más mundo, y el libro de mi vida… más pleno.

Temas: