Hay cosas que me elevan
Con toda su magnificencia parada frente a mí, me señala y hace un gesto, mirándome fijamente dobla hacia ella el dedo
Puede romperme, acariciarme, curar y abrir heridas, invitar y contar historias... La música...
Con toda su magnificencia parada frente a mí, me señala y hace un gesto, mirándome fijamente dobla hacia ella el dedo.
Obedezco. Me envuelve, mi cuerpo derretido en ese abrazo. Soy fuego líquido, poco a poco empiezo a evaporarme... Aire, soy pluma de un ave más veloz que esas notas que emite el chelo.
Me adentro en ese bosque, acaba de llover, la luz resplandece en la obra de arte que tejió la araña con hilos de vida, de recuerdos, de amor y ligereza...
Con tan sólo verla me vuelvo eternamente joven, mi vestido es de seda transparente, hecho de ese hilo de seda con el que la mariposa blanca va escribiendo sobre el lienzo de la tarde una poesía. Floto sobre el piso porque tengo puestos mis zapatos de cristal. El arco iris es mi resbaladilla, mi duende cabalga sobre un blanco colibrí. La magia habita en este bosque y la única manera de salir de aquí es por medio de estas notas que transportan. Me veo rodeada de luciérnagas, ellas se llevan volando mi vestido, hasta perderse con su propio brillo en la total oscuridad. Desnuda, flotando en una noche de verano que parece otoño. Hojas secas en el piso, por el cual, de no haber encontrado esta tan buscada levedad, podría caminar. Ningún camino lleva mis huellas. En el aire hay melancolía, no por el recuerdo, sino por todo lo recién nacido que habrá de llegar a viejo, por esa posibilidad que un día dejará de serlo. A veces duelen los recuerdos porque son lo que son. La vida misma es tan sólo lo que es y, al asumirlo, podemos bailar desnudos al ritmo de esa música sin necesidad de tocar el suelo.
