Adicción a la meditación
El nivel de estrés, crisis de edad, de identidad, anhelo por regresar verdaderamente a casa, curar un dolor...
Meditación trascendental, meditaciones sonoras, bailadas, guiadas, caminadas, de pie, sentada o acostada sobre la espalda, meditaciones en grupos de mujeres, mixtos, de luna llena y de solsticio de verano... Cuento con tres mil caracteres para describir lo que engloba la palabra meditar, y no me alcanzarían ni siquiera para comenzar a nombrar los miles de tipos de maneras en que desde hace siglos los seres humanos intentamos calmar al chango loco que feliz se mece por nuestra mente. Llevo varios años en este intento por domesticarlo, siempre me ha gustado callar el ruido e ir hacia adentro, pero últimamente se me ha vuelto una adicción. Es chistoso, pero platicando con amigos me doy cuenta de que somos muchos que andamos transitando por ahí...
El nivel de estrés, crisis de edad, de identidad, anhelo por regresar verdaderamente a casa, curar un dolor, quitarse el miedo o alguna obsesión, buscar la paz para poder dormir... cualquiera que sean nuestras razones, al final se resumen en una sola: si está tan de moda este despertar espiritual es porque vivimos en un mundo en el que prolifera el sufrimiento. Un mundo en el que los valores prioritarios y la competencia nos hacen vivir aislados, ensimismados y, por lo tanto, presos de nosotros mismos, del deber ser y del qué dirán. Yo medito para liberarme, porque muero de curiosidad, porque nunca me ha gustado que me cuenten qué se siente y porque son muchos los que dicen que la meditación es un camino para ver este milagro desde ahí, desde donde la vida se percibe como es en realidad, sin tantos filtros y sin tanta contaminación ¡y como una inmensa experiencia divina!
