Guerra interna
Las trincheras se extienden por cada poro de mi piel. Mis únicas armas, las ideas, son las que intentan protegerme de todo aquello que no soy capaz de controlar. El ataque enemigo viene de lo profundo, de muy adentro, desde donde nace el grito de “¡abran fuego!”, que ...
Las trincheras se extienden por cada poro de mi piel. Mis únicas armas, las ideas, son las que intentan protegerme de todo aquello que no soy capaz de controlar. El ataque enemigo viene de lo profundo, de muy adentro, desde donde nace el grito de “¡abran fuego!”, que se interpone entre esa voz que viene de mi corazón.
La crisis de los 40 es enfrentarse al vacío que queda después de esa masacre de creencias, atravieso un territorio que pareciera conocido, pero al ir desvaneciéndose la inocencia, se va tornando en un espacio inexplorado, un posible campo minado de recuerdos y emociones que pudieran estallar en cualquier momento frente a mis ojos.
Las pérdidas son heridas de vida, pero las heridas de guerra son otra cosa: las balas de la culpa dejan un tipo distinto de cicatriz, parecidas a las que se forman por caer en esas trampas del camino que nos hacen ser lo que a veces no queremos. Cada mañana siento la promesa de una pronta victoria, más consistentemente regresan formadas, marchando y con el fusil desenvainado las preguntas, las mismas una y otra vez. ¿Será la vida un accidente sin sentido o precisamente el sentido se encuentra en esa búsqueda?
No elijo luchar conmigo misma, pero esa fuerza contradictoria actúa a nuestra espalda, nos empuja y sólo con la artillería pesada podemos combatirla, las bombas atómicas que acaban con el miedo y con la duda son la voluntad, la aceptación, la profunda y sincera reflexión y, sobre todo, amar el proceso y honrar esta aventura de conocerme. Lo primero para librar cualquier batalla es ser valiente, entregarme a lo desconocido, confiando en que de alguna u otra forma, por el simple hecho de saberlo, de estar conscientes de que existen las cadenas, éstas tenderán a desaparecer.
