Poema anónimo

Estoy convencida de que existen artistas que desde su enigmática presencia/ ausencia 
son capaces de hacernos un hermoso regalo.

Tareas escolares. —Mamá necesito imprimir y aprenderme un poema de 120 palabras para mañana.

Instantáneamente busco en Google poemas infantiles de 120 palabras. Un océano inmenso de metáforas inunda la pantalla de mi teléfono celular y de pronto, específicamente, uno llama mi atención: “Un señor de Puerto Rico, un loro, un moro y un mico”.

“Gran título”, pensé, y le di el clic para imprimirlo.

—Aquí lo tienes, ahora apréndetelo.

Al poco rato regresó con los ojos brillosos y la boca para abajo.

—Está imposible, mamá. Más que poesía parecía un largo y complejo trabalenguas: “El mico ataca al loro, el loro le pica al mico, el mico llora, grita el loro, oye el ruido el moro y avisa al señor de Puerto Rico”.

Finalmente se lo aprendió. Orgulloso y contento lo recitaba una y otra vez, aderezándolo con gestos y ademanes.

—Ma, necesito saber quién es el autor.

—Anónimo, le respondí.

Y ese simple hecho, no haber un nombre propio detrás de la obra le bajó un punto en su calificación.

¿Tiene o no tiene el mismo valor el que una obra de arte tenga un nombre? La obra por sí misma hoy en día no es tan bien recibida. Y aunque estoy de acuerdo en que para ser considerado autor se necesitan muchas cosas: continuidad estilística, coherencia, discurso, contexto histórico y todo aquello que con el tiempo se va construyendo por la relación entre obra y creador, también estoy convencida de que existen artistas que desde su enigmática presencia/ ausencia son capaces de hacernos un hermoso regalo como el poema del señor de Puerto Rico que compró un loro y su vecino moro ató frente a su balcón un mico.

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