La banca en el parque
Seguimos ahí, en silencio contemplando, pensando, siendo, acompañándonos mientras cada quien procesa sus ideas.
George y yo tenemos una banca, una banca blanca, la típica banca de parque.
Ahí, frente a esos árboles formados bajo un cielo a veces con nubes y otras no, nos sentamos algunas noches a platicar. De todo y de nada, aunque principalmente de la vida. A los dos nos gusta sentir cómo poco a poco resbala esa gota tibia que entra por los oídos hasta llegar al pozo de la sabiduría. ¿Por qué nos interesaría ser más sabios? Porque los dos amamos vivir, y los que somos amantes del milagro, esos que verdaderamente estamos dispuestos a experimentarlo, necesitamos irnos fortaleciendo por este medio; el saber da fuerza y nos ayuda a recuperar esa confianza que, según mi amigo, vamos perdiendo desde que nacemos. Esta es la escena con la que ilustró su punto ayer: un bebé llora por instinto, con toda la confianza de que su madre también por intuición entenderá que tiene hambre. Esto sería lo natural, pero...
—Es un berrinche—, dirá una de las mujeres, que por haber parido ya tres veces se siente que sabe más sobre “el tirano manipulador que aún no puede sentarse solo”. Las demás asentirán de inmediato. La insegura primeriza bloquea su instinto y, con todo su amor, y “por su propio bien” le da un golpe en la piernita a ese bebé, que no sólo no consiguió lo que quería, sino que fue reprimido por pedirlo. Quizá este es un caso extremo, pero así de castrante puede llegar a ser la educación.
Seguimos ahí, en silencio contemplando, pensando, entendiendo, siendo, acompañándonos mientras cada quien procesa sus ideas. La gente pasa frente a esta banca blanca y desde ahí observo, intentando descifrar alguna señal, algo: los pasos, me fijo en los pasos, en la manera de mirar, en si responde a mi sonrisa, en cualquier cosa que pudiera demostrarme que alguno se ha salvado de esa maldita nalgada primordial. George está callado y, aunque las nubes están quietas, el reloj sigue avanzando. Entonces llega a mi mente una típica reflexión de banca de parque: que extraño que el viento y el tiempo no tengan forzosamente algún tipo de relación.
