Un grito silencioso

En esta era resulta complicado alcanzar niveles de conciencia más elevados.

Nuevamente banderas tricolor, sombreros y trompetas decoran las esquinas de nuestras calles. Llegó el mes patrio. La definición de la palabra independencia es la capacidad de elegir y actuar con libertad y de no depender de un mando o autoridad extraña. Mientras esta nación se prepara para gritar al unísono un ¡Viva México! hay quienes nos preguntamos si de verdad debemos celebrar el hecho de ser un pueblo libre y soberano.

La libertad, más que una obligación, es un derecho, pero el hecho de ejercer ese derecho conlleva una de las cualidades intrínsecas de la madurez: la responsabilidad. En una época que se rige por la inmediatez, la ausencia de valores, la superficialidad y la falta de referencias éticas, nos resulta complicado alcanzar niveles de conciencia más elevados. Hoy las redes sociales están saturadas de quejas.

La reunión Trump-Peña ha suscitado un sinfín de opiniones, algo muy parecido a cuando las personas descargan su ira golpeando un cojín para después continuar con sus vidas como si nada. El pueblo mexicano, por su tibieza de carácter, ha desarrollado una capacidad de conformarse. Ya basta con esta inercia de quejas insulsas. Hayamos votado o no por él, el gobernante que nos merecemos es el que tenemos. Un hombrecillo nebuloso que no sabe contestar cuál es su libro favorito, que como compañera eligió a una primera dama de telenovela.

Ya basta de hacernos los inteligentes utilizando palabras de las que desconocemos su significado, pues el vocablo indignación se refiere a un sentimiento de un enojo intenso ante un acto que nos ofende en lo más profundo. Así me siento hoy... ofendida, sin ningún tipo de ganas de celebrar, con la cabeza revuelta de tanto pensar en alguna utópica solución.

Se me ocurre que este año realicemos un grito silencioso,  que en esta fecha importante guardemos silencio, que no asistamos al circo, que no encuentren eco las voces vacías, que gritemos para adentro; quizá así nos despertemos.

No sé qué están tramando ni si este penoso evento de verdad se trate de otro “errorcito” diplomático, pero lo que sí sé es que ya me cansé y que no asistiré a su fiesta. Dejémoslos que griten solos con sus acarreados, que se engañen solos. Hablo en plural, porque es más que obvio que Enriquito es el titino de un mal ventrílocuo. No vayamos al Zócalo, no despleguemos nuestra mexicaneidad ni desperdiciemos nuestra energía; no desbordemos nuestro amor por esta gran nación que hoy requiere que le demos rumbo. Guardemos luto y silencio este 15 de septiembre. Si vamos a gritar por desahogo, pues que sea un “¡ya basta!”.

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