Contemplar

Mi día hoy comienza entre balidos de oveja y el quiquiriquí del gallo.

Estoy en San Felipe Hidalgo, una pequeña comunidad entre Tlaxcala y Puebla, donde justamente en esta época del año se da un fenómeno mágico: el avistamiento de luciérnagas. La palabra avistamiento se refiere a una actividad centrada en la observación, el estudio y la contemplación. En este caso del apareamiento de estos bichitos alquimistas, considerados los más bellos del mundo por esa capacidad que tienen de encantar, pues eso es lo que sucede cuando aparecen puntuales, y como por arte de magia el bosque se transforma en un sitio encantado. Un poema sutil y fantástico que comenzó cuando, al principio del camino, una niña-mujer llamada Mailee nos hizo cerrar los ojos y repetir esta frase: “Madre Naturaleza, permíteme entrar en ti, prometo cuidarte y, por favor, haz lo mismo conmigo”.

A partir de ahí, cada paso que daba sobre esas hojas secas me acercaba no solamente a ese momento del avistamiento, sino a un estado de comunión con el instante y con los personajes principales: la belleza de la orquídea salvaje, el heno que nos miraba desde el árbol, el aroma de la tierra mojada, ese olor característico de la tarde difuminándose en el de la noche... el olor del tiempo... el aleteo de la primera estrella que se enciende intermitente entre los árboles, otra más, la lluvia que amenaza con empaparnos y solamente nos humedece , el silencio, cientos de luciérnagas macho buscando alumbrar a esa hembra que puede dar vida, pero carece de alas. En ese momento me acuerdo de las mías, de mis alas, y del esfuerzo que ha sido aprender a volar. Al estirarlas me siento profundamente afortunada, entonces también brillo, mi corazón se vuelve una luciérnaga gigante y me invade esa sensación de estar presenciando un milagro.

Es así como se siente el arte de contemplar.

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