La vertical
Cuando ya sabes levantarte, cuando le has perdido el miedo a la caída, entonces las alturas se vuelven un lugar apasionante.
Hoy te escribo desde un lugar feliz, desde la vertical. La vida me ha enseñado muchas cosas valiosas. Una de ellas es la importancia de bajar a las profundidades y subir a la cima por medio de las pasiones, sabiendo que más adelante habrá que descender otra vez. Este ciclo puede experimentarse de dos formas: circularmente o de manera lineal. Si elegimos esa que tiene que ver con la que segundo a segundo va pautando el tiempo, entonces debemos tomar nuevamente una importante decisión: hacerlo desde la horizontal o desde la vertical.
Yo hoy te escribo desde la segunda, convencida de que intentaré habitar este espacio el mayor tiempo posible. La horizontal es la que está pegada al piso, la que jamás se eleva, la que te arrastra de un pensamiento a otro, de una emoción a otra, del punto A al punto B, siempre de aquí para allá y de allá para acá simplemente porque así nos lo dijeron o porque así creímos que debía de ser. La horizontal es la responsable de que miles de seres humanos se despierten por la mañana sin ganas de despegarse de la sábana.
La vertical es otra cosa: necesitas aligerarte, tanto que de momento te comienzas a elevar... pero no desde el no saber poner los pies fijos en el piso, sino todo lo contrario. Para volar, primero hay que saber pararse bien, y para aprender a hacerlo hay que caerse muchas veces antes. Cuando ya sabes levantarte, cuando le has perdido el miedo a la caída, entonces las alturas se vuelven un lugar apasionante. Estoy en un momento alto. Siempre había tratado de arribar a eso que llaman felicidad, y en ese intento hice lo necesario para alcanzarla, incluso comprometer mi paz. Hoy lo hago a la inversa: protejo mi serenidad con congruencia y así alcanzo de pronto estos instantes en la cima.
Dicen que crecer cuesta. Hay miles de versiones sobre lo que significa la palabra madurez. Algunos conceptos no se entienden si no te suceden. No sabría decirte en qué momento entendí que todo es una cuestión de perspectiva. Madurar es darte cuenta de que vivir es una renovación constante, que la libertad es un sinónimo de responsabilidad. Llega el momento en que podemos reconocer el valor de lo que permanece, que el mayor tesoro que poseemos es el amor que podemos dar. Que una cualidad fundamental es la seguridad en nosotros mismos, que la disciplina no es algo impuesto, sino un regalo que nos damos para alcanzar nuestros sueños. ¿Sabías que se requieren 200 mil sonrisas para que aparezcan alrededor de nuestros ojos esas primeras patas de gallo, y que se avanza hacia arriba cuando das dos pasos hacia adelante después de haber dado uno para atrás?
Llega ese día en que te pasa. Sin saber por qué, empiezas a hacerle caso a esa vocecita en tu interior, y entonces, aunque el mundo afuera siga siendo el mismo, tú lo ves distinto, más hermoso, empiezas a entender el juego y te aligeras, y cuando esto te sucede es mágico... Te elevas y empiezas a ver la vida desde otro punto... La contemplas. Eso justamente es la vertical.
