Instante congelado

Estaba sentada sobre un piso de madera al que se le notaban las imperfecciones.

Se levantó a buscar un pedazo de papel con la misma prisa que sienten los que reconocen la trascendencia del momento. No encendió la luz y, por lo mismo, no encontró una pluma; sin sacapuntas, el lápiz se vuelve una bomba de tiempo, pero su propósito era claro: describir una escena que ningún escritor podría jamas imaginar. Aquella tarde se dio cuenta, ella no era novelista, sino admiradora de la vida. Escribía con la misma intención que tiene el padre cuando eterniza el instante de su hijo en la fotografía. Buscaba una hoja, y una pluma que no halló, para congelar ese pequeño, efímero, para muchos insignificante —más para ella—, inolvidable instante.

Ella, sentada sobre un piso de madera al que se le notaba cada una de sus perfectas imperfecciones, recargada sobre un libro con un nombre en la portada. Él, acomodado frente a su instrumento, pintado del mismo tono que los zapatos favoritos de charol de ella. Alrededor, dos tambores rojos, uno café y otros tres más pequeños en el rincón. El más grande lo habían traído envuelto en una cobija desde Berlín. A él le salía un poema por las yemas de los dedos, a ella se le cortaba la respiración. Lo sabía: cuando la música no entra sólo por el oído, la vida pende de un suspiro. Quiso detenerlo, decirle: “Te entiendo”, pero no lo hizo, lo escribió... Te entiendo, y al entenderte me comprendo un poco más, el arte, que siempre había sido un camino, de pronto se había vuelto un hogar. Hacían el amor a la distancia. Ella escribiendo, él al piano. Hasta el techo pulsaba de deseo por las caricias que aquella danza de sus dedos propiciaban. El carbón se iba disminuyendo, un lápiz amarillo, como los que usaba desde niña. Algunas cosas no cambian, pensó. Le habría gustado expresar lo que la música decía... Imposible, se trata de dos idiomas compatibles, pero distintos a la vez.

Él la intrigaba con su mente, y con el alma la nutría. Ella lo inspiraba con su presencia. Él decía, ella también. La casa era testigo de aquel diálogo, de ese regalo de amor que ambos se dedicaron.

Temas: