La epidemia del hastío

La enfermedad es mortal porque el tiempo muere, y es justamente eso, el tiempo, lo más valioso con lo que contamos.

La vida es un regalo. La única obligación que tenemos es la de desenvolverlo y disfrutarlo. Habitamos en un tiempo donde nos es muy fácil desconectarnos de nosotros mismos, nuestro supuesto contenedor, que es la sociedad, está invadido de personas que sufren de una terrible y —pareciera— contagiosa enfermedad mortal. Este mal, a diferencia de otros, es extremadamente difícil de diagnosticar, pues los síntomas se manifiestan por debajo de la piel, la falta  de empatía, de serenidad, de capacidad de asombro, de valores, de autoestima y de conciencia se enmascaran fácilmente. Esto provoca que las capacidades afectivas y creativas se vean exponencialmente opacadas por distracciones que utilizamos para matar el tiempo. Es ésa la gravedad de esta situación, la enfermedad es mortal, porque el tiempo muere, y es justamente eso, el tiempo, lo más valioso con lo que contamos.

Habiendo tanta belleza y sucediéndose tantos milagros en este mágico planeta que habitamos, ¿cómo es posible que estemos tan llenos de apatía y aburrimiento?

Cuando contemplamos, cuando escuchamos, cuando nos permitimos sentir y nos aventuramos a conocer nuestro mundo interno, entonces nos vacunamos contra el devastador hastío. Pero para hacerlo se requiere valentía, para atreverse a ser uno mismo y aceptarse se necesita estar alerta, vivo, despierto. Nos hartamos de ciertas situaciones y de la existencia en general, porque creemos habitar en un universo predecible, y porque, al no querer contactar con nuestro yo profundo, buscamos fugas temporales a las que nuestras neuronas pronto se acostumbrarán, y entonces llegará el momento de buscar la siguiente novedad. La insatisfacción es inherente a la condición de respirar, sin ésta jamás evolucionaría la humanidad, pero existen maneras distintas de sentir esa falta de algo. Podemos experimentarla desde la pasividad y ser como muchos de esos niños que hoy no saben cómo utilizar su tiempo sin que un adulto le resuelva su entretenimiento, o ser buscadores constantes, imparables y, por lo mismo, vacunados no contra el dolor, pues toda búsqueda lleva implícita su dosis de sufrimiento, pero sí con las defensas suficientes para no caer en el sinsentido. Hay una frase de Heráclito que, me parece, ejemplifica y resume lo que llevo intentando definir: “Es imposible entrar dos veces en el mismo río”. Eso es la vida, un fluir constante de momentos irrepetibles. Las personas se deprimen porque nadie las ha enseñado a defenderse de la tortura del hartazgo, es por eso que nos damos al intento de eludirlo consumiendo objetos, drogas, alcohol, sexo, relaciones, consumiendo... sin saber que lo que en verdad se consume, como el fuego en la fogata, es nuestro tiempo. Vivimos ahorrándolo, lo atesoramos y, al final, no tenemos la menor idea de qué hacer con él. El ser humano necesita volver a lo que es, recuperar sus pasiones y perseguir sus sueños, pero este modelo capitalista nos ha hecho que confundamos el ser con el tener, el desear con el poder y el soñar queda atrapado entre todo lo anterior.

Últimamente me hace feliz el contacto con lo natural, no sólo en el paisaje, sino lo natural en todo, en las personas, en lo esencial; ya estoy un tanto aburrida del juego de la periferia, me gusta el fondo, ese meollo del asunto que habita en la simpleza, en volver a lo básico del territorio humano. No volvamos a aburrirnos. Lloremos, riamos, gocemos, hagamos los intentos necesarios por hacer valer este regalo de estar vivos. ¿Cuántas veces escuchas decir a tus hijos “estoy aburrido”? ¿Qué haces en ese momento? Si tu respuesta es que intentas divertirlos, sólo estás gestando en ellos la semilla del hastío.

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