La belleza llegará después

Hace algunos días en una de esas pláticas de sobremesa surgió el tema de los artistas consolidados contemporáneos, en ese momento llegó a mi mente el nombre de un amigo al que admiro profundamente por su compromiso constante y propositivo, un artista que considero ...

Hace algunos días en una de esas pláticas de sobremesa surgió el tema de los artistas consolidados contemporáneos, en ese momento llegó a mi mente el nombre de un amigo al que admiro profundamente por su compromiso constante y propositivo, un artista que considero absolutamente relevante en la escena del arte actual.

Este sábado, a las 12 horas, se inaugura una muestra que me emociona por varias razones, la primera es un asunto personal, hace algunos años tuve la oportunidad de trabajar con él y montar una exposición fantástica que se titulaba Cerca, donde los cuadros no estaban delimitados por la frontera del marco, sino todo lo contrario. En aquel momento no contábamos con los medios suficientes para contratar una mudanza de primer nivel, teníamos que transportar los cuadros en un camión de redilas desde la colonia Escandón a una bodega en el Centro, en plena época de lluvia, obviamente los cuadros no estaban asegurados y uno de ellos, justamente mi favorito, El Corot, se atoró con un cable de luz y cayó sufriendo un percance. Entonces, Boris Viskin tuvo que sacar sus cualidades de restaurador. Ese cuadro me ha acompañado desde entonces, hace algunos días que no está en la pared de mi cuarto, pues ha sido invitado a sacar el pecho y desfilar en el Museo de Arte Moderno.

Esta muestra me llena de curiosidad y me alegra profundamente, porque he seguido la trayectoria de este virtuoso artista, que siempre me sorprende con su agudeza, con el gesto irónico, con la diversidad que pareciera infinita de esas representaciones icnográficas. Carlos López Beltrán descubre en su obra que lo que captura nuestra alerta es con frecuencia un orden nítido, pero excéntrico, una belleza inusual y rezagada, una presencia perturbadora, el palpito de una fábula en embrión.

Boris se mueve entre lo divino y lo mundano, es ahí donde su pintura evidencia el gesto narrativo que va desde un grito hasta un leve susurrarnos al oído. Se dice que cada cual tiene su idea de belleza, pero también es cierto que no siempre parte de una subjetividad. La estética es inherente al objeto y a sus cualidades propias, y depende forzosamente de la valoración de un sujeto. La inspiración, la idea o aquello que se intuye necesita manifestarse consiguiendo de esta manera  relacionarse con la sensibilidad y las emociones que transforman lo que no era y ahora es, en algo deseable. Platón relacionaba la belleza con comunicar algo que nos conduce al bien. Eso busca Viskin mezclando la materia, arriesgando, experimentando en esas extensiones de sí mismo. “Esta facultad de comunicar revelaciones, que no ha abandonado a Boris Viskin a lo largo de su carrera, es la que desea compartir el MAM”, dice Sylvia Navarrete.

 Ahí, en eso que nos revela poco a poco, en esa unión, en la sencillez dentro de su misma complejidad y en la congruencia descubrimos la debida proporción de la unión de cada una de las partes con el todo. La obra como producto de la razón, y la razón seduciendo a los sentidos por esa catarsis del espíritu. Entonces podemos entender que la estética que busca mostrar nuestro anfitrión en este festejo a la creación, no es ese placer inmediato que complace universalmente sin concepto, sino algunas preguntas, ciertos despojos, leyes cuestionables, irrefutables miedos, recuerdos y acaso alguna respuesta… lo admirable y lo sobrecogedor. La belleza llega después, por qué pasamos de un pasado que no existe, a un presente que se proyecta a un futuro también inexistente, el tiempo está en el alma, la obra alcanza su valor a partir del estado de ánimo que provoca, sólo así, como en tantas otras cosas en la vida, alcanzamos lo sublime.

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