La correspondencia como un bálsamo...

... o un analgésico para un dolor de antaño, pues son así los dolores reales; lo que nos duele siempre es una herida resucitada.

Sentimos, sí, pero cuando el sentimiento nos sobrepasa es porque un evento despierta a ese monstruo que estaba dormido. Una bestia de tres cabezas, la del pasado, que nos envenena; la del futuro, que nos devora; y la del presente, que parpadea sin saber qué hacer. Amiga, esta etapa de mi existir ha sido muerte-vida, muerte-vida, mil ciclos en mil días.

Voy a contarte lo que he entendido. La vida es un proceso: crecer, fluir, confiar, entregarse al presente y que Dios ampare al que se resista. ¿Te imaginas nadar contra corriente, contra toda esa fuerza creadora? Sería como si una planta intentara no crecer ni dar frutos cuando todas las condiciones lo disponen, como si los niños dejaran de soñar porque desconfiaran del destino; sería tan antinatural como resistirnos a lo único constante de esta experiencia, a una de las cualidades inegables de estar vivo: el cambio.

Eso me ha sucedido, querida amiga. Mi vida cambió y, hasta hoy, empiezo a dejar ir, y hacerlo empieza a resultarme algo tan obvio como la fuerza de gravedad. Hoy pensé algo que me parece es el meollo del asunto. Siempre tuve todo resuelto, durante 39 años tuve todo solucionado, siempre me sentí protegida (no equivale a amada), pero salí de mi castillo y, junto con la burbuja, se rompió el hechizo: la vida real se manifestó. Conocí un miedo diferente, me vi sola, una más de los miles de mortales con los que me atravesaba cada día. Ya no era esa reina, cedí mi trono y todos sus beneficios a cambio de mi libertad. El problema es que seguí siendo esclava de un miedo nuevo; me imagino que ese temor era como el del náufrago, había encallado en una isla que lleva como nombre Responsabilidad.

De un día a otro me descubrí dependiente, una niña perdida en el supermercado buscando la falda de su madre, un mundo enorme, ese que se me presentaba tan apetecible y apasionante, se había transformado en el escenario de mi crecimiento personal. Una hembra sola con sus cachorros, y sin saber cazar. Eso le sucede a muchas mujeres hoy. La mayoría de mis amigas que deciden replantearse una manera de vivir pasan por un proceso de reinventarse, de estar perdidas por un tiempo antes de volver a casa, a su propia casa, a ese lugar que buscaron por tanto tiempo sin saber que siempre había estado en el centro de su corazón.

Son muchas las ocasiones en que mi teléfono celular ha hecho de radar para orientarme, pues cuento con personas sensibles, inteligentes y entregadas; amigas como tú que me han ayudado en esos intercambios de palabras a hacer un mapa. Nuestras pláticas han sido una linterna en momentos de oscuridad. Pensaba en ello: ¿cómo le harían esas mujeres que necesitaban un consejo o desahogarse cuando la comunicación tardaba semanas? Hoy estoy empezando a entender el juego de la vida. Es un proceso: estoy más viva, aprendiendo a confiar en este universo. Cometí muchos errores, pero hoy me veo con ojos compasivos, he dejado de juzgarme. El dolor y el miedo han ido mutando hacia el agradecimiento. Sé que estoy donde debo estar. Sigo buscando, pero desde una verdad que nace en lo profundo de mi ser. Te lo he dicho: me siento bendecida porque existas, por todos esos recuerdos que hemos creado y esos sueños que se nos van cumpliendo. ¿Por qué te lo cuento? Porque me nutro, me expando y me reafirmo. ¡Eres un espejo fantástico, amiga querida, y una maravillosa medicina!

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